viernes, 27 de febrero de 2009

Back to school

Hoy volví a aparecerme, después de algún tiempo, en mi casa, mi alma máter, mi universidad. Es tan mía y no, a la vez.

Ya nos pusieron techo en el 'T', el Sol ya no pega como antes, pero nos echó a perder el reloj solar. La cafetería es tan diferente a lo que yo recordaba: ya tienen dispensadores de refrescos, el menú es de lo más variado (me pregunto si siguen preparando los huevos radioactivos en el desayuno), y cada vez se parece más a una cafetería de universidad de paga que a una de terminal de autobuses. La credencial -por fin- cumple con su función (una especie de tarjeta de crédito multi-pluri-funcional) y dejó de ser sólo un accesorio de lujo. Y, así, los cambios son evidentes, como si hubieran pasado más de ocho años. Pero el 'L', ese edificio que era el templo, hostal, y guarida, de una vida universitaria, es lo que menos reconozco.

Nos quitaron el bonito gris que nos relajaba y fue sustituido con amarillo, y un uso arbitrario de colores primarios y secundarios que ni el mismo Barragán hubiera empleado en su obra; los 40 salones fueron mutilados para dar cabida a 60 que nunca se llenan ni son ocupados; le dije adiós a las bonitas jardineras que engalanaban los espacios muertos, ahora nos dieron puestos de mercado sin reces, licuados, o comida, sólo restiradores amontonados para la comodidad(?) de los alumnos, y que hacen más difícil el traslado entre salones; la "pecera", el centro de exposiciones por excelencia -donde no cualquiera tenía el privilegio de exponer trabajos ahí-, murió, ahora tiene varios hijos huerfanos en todos y cada uno de los salones, que se asemejan cada vez más a un zoológico (¿'on 'tá el osito panda?); y nos dejaron sin nuestro lápiz (una pared con un lápiz pintado simulando una letra 'L' que era la parada obligatoria al final de la jornada estudiantil).

No todo está tan cambiado, pude distinguir algunas caras de la vieja guardia, mis ex-profesores. Manuelito me sigue preguntando por mi falda y mi cabello morado, el 'cubano' sigue tratando de reconocerme y yo sin saludarlo -me sigue cayendo mal-, el 'zanahoria' sigue con su sistema Another Brick in the Wall en sus clases, una de las 'frijolas' me saluda efusivamente, y Marta... fue la más sorprendida y feliz de verme. Fue -y es- de las mejores profesoras que tuve, la que me hacía renegar y rabiar, la que más entendió -ahora- mi gusto por la docencia, con la que intercambiamos anécdotas, peripecias, y tips del proceso educativo, y fue la que me dedicó los mejores y más sentidos deseos para conseguir la plaza en esta casa, aunque en otro campus.

Sí. Por un momento añoré esas épocas en las que me quejaba por la excesiva carga de trabajo, las tardes de los viernes en 'las abuelas' (centro de convenciones y salón de fiestas de 3:00 a 9:00 p.m.), y la ausencia de 'dormir' y 'comer' en mi lista de verbos, pero... ahora estoy de este lado.

Es tan mía, y no, esta casa. "La sangre llama" -supongo.

domingo, 22 de febrero de 2009

Espacios en blanco

Mi musa se encuentra durmiendo en mi cama, esperando por mí. Se fue a dormir sola y visiblemente molesta porque, durante varias semanas, no le he puesto la atención debida. Yo le digo que es por el portafolio de trabajos que tengo que terminar urgentemente, que si las clases para mis 'mostritos' de la universidad, que las ilustraciones que hay que entregar el próximo mes, o que si el logotipo por trabajar. Ella se enfada, se fastidia, con razón justificable, y amenaza con abandonarme un día de estos. Entonces, hago un receso para jugar un rato con ella, y después de varios intentos fallidos:

"Raro, es el adjetivo más recurrente para..."
"Cuestan trabajo estos días porque..."
"Me gusta cómo suena 'bajo presión', es un término bastante oportuno cuando..."

Y nada, mi cerebro se encuentra molido por tantas ocupaciones. Encojo los hombros y dirijo la vista hacia otro lado, no puedo mirarle a los ojos. Ella me da un beso tierno en la frente y se va a dormir. Es su forma -muy peculiar- de manifestarme su enojo.

Quiero decirle que espero terminar esos escritos, tal vez algo como "gorrión gorrión", mínimo; que los 'mostritos', y los demás proyectos, merecen algún comentario. Y sé que encontraré algún tiempo para 'bitacorarlos'.

Quizá no lo sabe, pero la extraño mucho.

sábado, 14 de febrero de 2009

Pensamientos idiotas 2

¿Realmente alguien se pregunta el por qué no duermo?

martes, 10 de febrero de 2009

Es lo que jugabas

Me encontraba trabajando en mi portafolios de trabajo, resolviendo unas cuestiones técnicas, cuando me dije a mí mismo: —mí mismo, te va ganar la hueva. Tienes razón —me contesté desvergonzadamente. Acto seguido, me metí a internet para ocupar mi tiempo en cosas menos productivas. Y fue en el blog de Violeta, que sí es productivo a diferencia de éste, donde me encontré un post que me trajo muchos recuerdos de mi niñez y los juegos a los que dedicaba mis ratos libres. Uno de ellos es el de "gorrión gorrión", que solía jugar con mis primos (y que, al parecer, la exclusividad del juego era propiedad del pueblo donde vivían, porque no recuerdo haberlo jugado en otro lado). Los preparativos, la planeación, desarrollo, y realización del juego, eran todo un arte.

Todo iniciaba cuando a algún idiota se le ocurría decir "vamos a jugar gorrión gorrión", y otros tantos, más idiotas que el primero -incluido yo-, accedíamos animados. Entonces, nos sentábamos alrededor de un círculo y cada uno tenía que decir que animal era (no necesariamente confesar la estupidez propia, sino decidir si se era 'pato', 'vaca', etc.), y no se valía repetir animales, sólo podía haber uno de cada especie y sexo (estábamos más jodidos que Noé, el del arca). De todos los participantes, uno, que generalmente era el que tuvo la idea de realizar tan ociosa actividad (no recuerdo si este tipo tenía algún nombre en particular dentro del juego, pero sí recuerdo su función dentro del mismo), se armaba de un cinturón, cuerda, o mecate. Con todos estos detalles resueltos podíamos realizar el ritual.

Para comenzar, el... vamos a ponerle "el niño del cinto", escogía a alguno de los participantes al azar, o arbitrariamente si se le daba su regalada gana, éste debía ponerse de pie y, cuando se inauguraba oficialmente el congreso de "gorrión gorrión", el participante 'vaca', por ejemplo, tenía que correr alrededor de los demás seguido por "el niño del cinto" quien blandía vigorosamente el cinto y de vez en cuando lanzaba dos que tres riatazos bien acomodados en la humanidad del participante. Pero, ¿ese era todo el chiste? No. Como todo juego de niños, la lógica era lo menos importante, por lo tanto había que llenar todos los huecos con un diálogo que se llevaba a cabo mientras duraba la flagelación. Y, si mi memoria no me falla, era algo así:

—Gorrión, gorrión —decía "el niño del cinto".
—Mande usted, señor —contestaba el participante 'vaca'.
—¿Qué hiciste hoy? —preguntaba "el niño del cinto".

Aquí la serie de preguntas y respuestas era intrascendental, excepto las primeras dos líneas que eran fundamentales (de ahí el nombrecito del juego). Lo realmente importante para el "niño del cinto" era hacer tiempo para poder soltarle riatazos a diestra y siniestra al participante en turno. Cuando el participante -casi- tenía la espalda roja, entonces venía la última e importante pregunta:

—¿A quién viste?
—Al elefante —le respondía el participante 'vaca'.

Entonces, 'vaca' podía descansar y sentarse con sus demás compañeros, mientras que 'elefante' debía ponerse inmediatamente de pie cuando se le nombraba, correr alrededor de los demás participantes, seguido por... sí, el horripilante "niño del cinto", y repetir el mismo diálogo 'kafkiano' hasta que intercambiaba su lugar por otro de los participantes.

También habían ciertas reglas importantes:

  1. Tenías que aguantar los embates del "niño del cinto" sin quejarte, de lo contrario el riatazo siguiente era más violento y temido.
  2. No podías tardar en contestarle al "niño del cinto" porque, de igual manera, el riatazo era más 'juerte'.
  3. Como en toda gran empresa, donde todas y cada una de las partes de la misma tienen una función y es necesario que la cumplan para trabajar en armonía, había que dejar hacer su trabajo al "niño del cinto" de vez en cuando. Esquivar algún golpe, o correr presuroso para que no te alcanzara con su cinto, sólo ocasionaría que se manchara contigo cuando te tocara levantarte nuevamente o que te golpeara aún cuando ya cambiaste lugar y te estás sentando (que era el único momento en el que eras inmune al "niño del cinto").
  4. No podías seleccionar a un participante al que le hubiera tocado su ronda de mazapanazos en el turno previo al tuyo.
Y así se nos podía ir toda la tarde hasta que al "niño del cinto" se le ampollaba la mano, o cuando alguno de los participantes resultaba herido (y era común que dijera "pido", aunque no recuerdo que fuera acompañado por la señal de amor y paz).

Ahora que recuerdo "gorrión gorrión", y que lo reflexiono profundamente, pienso que ¿a quién diablos le puede parecer divertido y 'etsitante' un juego donde corres como idiota, te pegan, y no ganas nada más allá de un ardor de espalda insoportable? Me imagino que para "el niño del cinto" era todo un mundo de posibilidades (aparte de ser notorio que jamás me tocó a mí ser el ya muy mentado "niño del cinto"). Pero, cuando uno es niño, no te importan esas cosas, lo realmente importante es divertirte e inventar nuevas formas para hacerlo.

Y usted amigo o amiga ¿También tenía juegos tan peculiares como el "gorrión gorrión"?

domingo, 1 de febrero de 2009

Es...

No pienso lamer mis heridas,
que autocomplacencia más asquerosa.

Sólo quiero guardar el traje y sentarme a ver televisión
por un tiempo indefinido,
sin cerrar las ventanas ni correr las cortinas.

Hoy no estoy,
mañana quién sabe...