domingo, 8 de junio de 2008

Cartas desde el inframundo IX

Agosto, 2001

Señorita Escalante:

De nueva cuenta me disculpo por haberme perdido por algún tiempo. Mi teléfono, como pudo darse cuenta, está descompuesto por sobregiro de pagos y decidí pasarme unos días en casa de mis padres hasta que encuentre la claridad de los últimos acontecimientos en mi vida.
Le cuento que varios meses atrás conocí una mujer de nariz diminuta y pecas abundantes que, desde el día que me tropecé con ella, acaparó de inmediato mi atención. Fue en una fiesta donde coincidimos que me atreví (por fin) a obtener su teléfono, y donde comenzó la odisea.
Desde las primeras salidas que tuvimos, se mostró accesible a mis intromisiones recurrentes por saber de su vida, obviamente su contraataque no podía esperarse con menos ferocidad, lo que hacía de nuestras pláticas todo un deleite, así como el postre más esperado después de una provechosa tarde juntos.
Recuerdo que, entre tantas citas, recorrimos los confines más impensables de esta caótica ciudad sin dejar ningún resquicio inhabitable sin explorar, y durante los trayectos jamás dejamos pasar la oportunidad para conocer desde el punto más fino hasta el más impúdico de cada uno de nosotros. Hasta me vi envuelto en un picnic –hágame usted el favor- y una serie de actividades que resultan demasiado desconocidas para mi rutina diaria (debe ser parte de esta dulce intoxicación).
La empatía y confianza eran tan grandes, que no dudó en contarme sus dolencias para la tercera o cuarta cita, mismas que eran su enemigo a vencer e impulso para seguir adelante, pero, al mismo tiempo, su fantasma y verdugo más implacables. Y cuan sanguinario resultó ese silencioso asesino que nos evitaría, y nos perdería, de un “tete a tete” que no pudo escapar más allá de la imaginación. Pues si bien fueron muchas las tardes en las que nos divertimos como niños, existieron otras tantas en las que abrazados nos separábamos cada vez más, víctimas de un beso de papel que parecía haber dictado una sentencia irreversible.
Oportunidades para sobrellevar estas vicisitudes nos sobraron, sólo que “yo podía haberlo hecho mejor, vos podías acercarte a mí”, y seguro me faltó algo de paciencia y le faltó algo más de entrega, pero ambos decidimos partir hacia distintos puertos en busca de diferentes horizontes. Nuestras miradas, finalmente, se perdieron entre la multitud desapercibida ante nuestra despedida.
Hoy en día me siguen, o sigo, hablando de ella, y no puedo evitar la sonrisa en mi cara –cosa buena. Es gracioso, es la única de mis mujeres, hasta el momento, que no me susurró al oído un “recuérdame” mientras nos despedíamos, sin embargo traigo todavía su aroma entre mis dedos, los hilos de su cabello entre mis ropas, y la melancolía de su persona habitando un rincón muy guardado y exclusivo de mi corazón.
Que tenga bonitos días señorita Escalante.


Su inolvidable Suicida.

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