Mostrando entradas con la etiqueta cartas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cartas. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de abril de 2011

Re: Cartas desde el inframundo

Al suicida que suscribe:


Debo decirle que las mujeres de su vida no son del todo el problema, debe pensar y reconsiderar su manera de actuar frente a ellas. ¿Sabe que algunas mujeres les encantan los patanes? Pues créalo o no, así es; con esto no quiero decir que usted no lo sea; sólo que quizá le falta paciencia, arrojo. El deseo de compartir su vida en pareja debe guiarlo a construir mundos en silencios y con palabras de colores, cada cual a su tiempo y dosis exacta, aunque para aprender la receta es preciso entregarse a las pasiones y materializar las relaciones que sólo por su mente pasan. También aprender a compartir, descubrir y dejarse descubrir en esos ojos de jade que le perturban. Dedicar miradas y, sin miedo, hacerse dueño de otras.


Bien dice usted ‘nadie tiene que mendigar cariño’ la pregunta es ¿Por qué es que usted lo hace? Por qué es que se aferra a besos de papel cuando puede ser el protagonista de su vida y la inspiración de mil suspiros. Habla usted de ‘hacerlo mejor’, yo le diría sólo hágalo; dese la oportunidad de conocer (de verdad) a sus mujeres y no idealizarlas. Dejar de buscar en ellas el idilio para poder encontrarlas de verdad; deje de buscar en ellas lo que usted no tiene. Hágase de una vida real, no necesite a ninguna de ellas, amar es la clave.


Si algo puedo decirle ahora, es que pese al mundo en que hemos crecido, el amor no duele, no tiene porque arrancarle lagrimas y quitarle el brillo al mundo. Sé que en ocasiones se piensa que el corazón se hace trizas y uno pretende meterse el alma en el ombligo; pero no hace falta esconderse, no habrá ningún lugar en donde pueda escapar de los reproches de sí mismo, no hay como enfrentar los miedos y convertirlos en experiencias.


¿Cuántas veces ha sido capaz de matarse y matar a otros? Cuando decide borrar todo rastro de aquella persona por la que su alma se aqueja y desterrarla al olvido con cadena perpetua, no sólo la mata a ella sino a una parte de usted, el vacio llega, se sume en su ausencia y lo único que hace es creer que ofrendó su vida por la dicha de ella, cualquiera que sea su nombre y el tono de su labial. Hablo de recuperarse primero a usted y dejar de pensar que a esa mujer no la merecía, que es la diosa y usted el mendigo.


Sabe que las respuestas están ese corazón que le late con fuerza en el pecho, no las busque en otra parte, es cuestión de conciencia y voluntad. Mi trabajo es la escucha y darle algo más en que pensar, así que espero haber cumplido con mi encomienda.


Con más por decir pero siendo todo por ahora, me despido.



Escalante

domingo, 31 de agosto de 2008

Cartas desde el inframundo XV

Junio, 2007

Mi muy querida señorita Escalante:

Reciba un cordial y caluroso saludo desde este rinconcito de la ciudad donde el surrealismo cotidiano no para.
¿Recuerda a la mujercita que usted conoció en la reunión para conmemorar otro de mis otoños? Pues este año hizo su regreso triunfal por estas tierras, actividad que me resultó bastante ilustrativa y didáctica.
Fue a principios de este año cuando volví a encontrarme con esta desquiciada diva en más de una ocasión. Sus visitas recurrentes a mi domicilio aumentaron en frecuencia, por lo que las salidas a tomar café y charlas trascendentales -acerca de lo intrascendental- eran una inevitable consecuencia. Al cabo de unos meses me encontraba, sin saber cómo, en este no saber nada, sin saber cuándo, sintiendo este no se qué por esta niña (¿me entendió? porque yo a duras penas lo hago). Y si piensa que lo mío es confusión, entonces lo de ella no sé cómo puede ser catalogado.
El día que me armé de valor para hablarle de un "tu-yo" a esta mujer, sus argumentos fueron lo bastante "sólidos" para evitarme la labor de convencimiento, y debo aceptar que es la primera mujer que me deja sin habla... ante tanta inmadurez.
Sus alegatos giraron en torno a que ella estaba acostumbrada a cierto estilo de vida, status y lujos que muy difícilmente, según ella, yo podría darle (voy a fingir demencia y torpeza por un momento pero, ¿acaso me llamó 'jodido' y que por eso no aceptaba tener una relación conmigo?). Sus fundamentos eran algo así como una oda a su egocentrismo y la pugna por derrocar a mi autoestima. Fue tanta su osadía, que me harté de ser un dejado y, al final de la plática, si le solté dos que tres improperios –uno es tolerante pero "hasta los foquitos tienen su corazoncito".
Paradójicamente, tan segura estaba ella de no querer absolutamente nada conmigo que en más de una ocasión se contradijo y consideró la propuesta exponiendo los pros y los contras, preguntándome cuánto me duraría el gusto, qué pasaría si saliéramos y si las cosas no funcionaban, y por cuánto la aguantaría –y lo mío era confusión, já.
La cereza del pastel, fue cuando me soltó la frase que me mostró a la verdadera mujer que habitaba detrás de todas esas máscaras. "Yo no me voy a arriesgar a algo que no tengo seguro" -dijo. Y tiene razón, lo que yo le ofrecía es la incertidumbre, el reinventarnos en el día a día, lo ordinario de una relación de pareja. Ella, como en todas sus relaciones que le conocí, buscaba al príncipe azul y los cuentos de hadas. En cuanto a lo de arriesgar, está de sobra decirle el adjetivo que le tengo reservado a este tipo de personas. Por mi parte, buscaré a una mujer que quiera arriesgarse sin importarle el tiempo que nos dure la sonrisa en los labios, que simplemente quiera sentir lo que es tener esa sonrisa dibujada (tarde pero aprendí de mi relación anterior).
Sé que en estos momentos debiera meterme otro tiro en la cabeza pero créame que no lo necesito, hay otra a la que debiéramos suicidar.


Su 'jodido' suicida de cabecera

domingo, 10 de agosto de 2008

Cartas desde el inframundo XIV

Marzo, 2006

Estimada señorita Escalante:

En esta ocasión su suicida se declara culpable de todos los cargos que se le imputan, pues la bala perdida que estaba destinada para mí, no sé que tan involuntaria o voluntariamente, impactó a otra persona. La víctima en cuestión, fue una muy buena mujer y de buenos sentimientos, cuyo único error fue juntarse con este sujeto con tendencias de lemming en mi fase más oscura.
Las razones que me hicieron buscarle aún no me quedan claras, pudiera ser la infinita soledad que acompañaba mis días o la insistencia de sus comadres metiches, mi gran disponibilidad para los lavados cerebrales que ejerce la gente a mi alrededor o si, realmente, por las razones correctas; el punto es que le busqué, y al no encontrarle decidí recoger mis “chivas” y llevármelas hacia otro puerto. El problema fue que, cuando las naves estaban a punto de salir de la bahía, finalmente ella decidió buscarme.
Una vez ya inmersos en la aventura, las cosas no fueron tan mal (sólo discutimos una vez y por una bendita estupidez), pero ese vacío que traía desde antes de conocerle continuaba a pesar de su cercanía. Probablemente debí ser más abierto en esta cuestión, desgraciadamente siempre uno tiende a guardarse estas cosas para uno mismo, sobre todo yo.
Para serle honesto, lo que buscaba no lo encontré en esos ojos, tampoco me sentí el hombre capaz de darle lo que ella necesitaba. Seguramente, no era llenar los requisitos de una solicitud de empleo o algo así, más bien era de entregarse de lleno a la relación, sólo que no quise o no me di la oportunidad. Ojalá nos hubiéramos encontrado en otra etapa más brillante en mi vida.
Siento que estoy divagando demasiado respecto al tema, y tal vez es porque todas las evidencias demuestran mi culpa en el caso. Inconscientemente le hice daño, y tal parece que estaba decidido a hacerle pagar los daños, malos tratos y demás, de mis anteriores mujeres vanas; una factura que no le correspondía.
El daño hubiera sido más grande de haber seguido juntos, y ella no se merece un trato tan injustificadamente ruin de alguien que con el paso de los años se encierra en la amargura y la decepción. Fue por eso que me decidí terminar con el encanto –a pesar de sus sabios consejos señorita Escalante-, pero créame que fue lo mejor para ella.
Creo que las múltiples mutilaciones, a las que ha sido sometida mi aorta, ahora sí hicieron mella en mi persona y, por querer rebanarme otro de mis dedos, terminé matando las ilusiones de la (probablemente) musa que me acompañaba antes del ocaso de un invierno.


Su suicida de cabecera.

domingo, 20 de julio de 2008

Cartas desde el inframundo XIII

Diciembre, 2005

Mi muy querida y recurrida señorita Escalante:

Resulta que reapareció aquella mujer ambivalente (la de ojos como botellones ahumados) de la que le hablé en el difunto 2004. En un principio, supuse por fin quedarían aclaradas las dudas pero, al parecer, venía por mí.
Fue hace algunos meses, llegó contándome de su renovada vida y su nuevo trabajo, hasta se esforzó por ser la primera en felicitarme en mi cumpleaños. Efectivamente, se notaba bastante cambiadita.
Volvimos a salir, creo que ambos estábamos entusiasmados por ponernos al corriente de nuestras vidas y, más aún, por retomar el camino perdido de un año atrás. Pero cuando todo indicaba una segunda oportunidad, me confesó que había otro ocupando el lugar que yo ya estaba decidido a retomar. Obviamente, yo no me permitiría ser el “otro”, pero al contarme de su desamor, y los miles de pretextos que me ofreció en bandeja de plata para que efectuara el famosísimo “baje de novia”, decidí hacer lo propio para quedarme con la heroína de la película.
Desgraciadamente, hay cosas que nunca cambian –ni cambiarán-, pues volvió a cerrarse conmigo; a la hora de la toma decisiones, guardó su ya peculiar silencio. Después de largas horas sin pronunciar palabra alguna, al fin me dejó saber su respuesta: prefirió conformarse con las migajas de amor que le ofrecía su actual pareja.
No puedo juzgarla después de esto, claro, nadie merece estar mendigando en busca de cariño, pero fue su elección –y el que por su gusto muere... Al menos esta vez expuso sus razones y no la típica incertidumbre a la que me había malacostumbrado, además fue honesta.
Este año parece que el arbolito es para mí solo.
Por cierto, hoy le pusimos el techo a la casa para no pasar fríos en esta época del año; ya no podremos ver las estrellas, hasta que un día el techo me caiga encima. En fin, perdemos las cosas que ganamos.


Su poco festivo, a pesar de las fechas, suicida de cabecera.

domingo, 13 de julio de 2008

Cartas desde el inframundo XII

Julio, 2005

Mi muy apreciada señorita Escalante:

Por favor vaya y diga a esa fulana dueña de mis insomnias, y huésped recurrente en mis sueños mojados, que anoche decidí suicidarme (una vez más). No lo hice por su desamor, tampoco por su desprecio, ni su odio, sino todo lo contrario –ella solía corresponderme.
Dígale que me maté y no por ella, no le diga eso, no hay necesidad de achacarle el peso de un suicida esquizofrénico, sino que mi muerte ha sido producto de su dicha, de la sonrisa que decidió regalarme un día de julio, y sus silencios sabios.
Dígale que ya estoy mejor de mis dolencias, incluso desde antes de cortarme la aorta, que disfruté mucho a su lado, que le agradezco los vicios que me robó -espero que ella no se los haya guardado- y que lamento mucho no haber llegado a ese bautizo ni a la boda que teníamos pactados.
Fue algo así como demasiado oxígeno, mismo que me comí a bocanadas de su vida y supongo que fue demasiado para aprender a vivir con ello.
Su planeta impactó por sorpresa, y fuertemente, tanto que no pude despertar y me quedé soñando, y tal vez no supe distinguir entre cuentos de hadas y desvelos. Así que dígale que mi muerte no fue por cobardía, que posiblemente fue un intento fallido por querer guardar el momento, o de querer robarme once años del calendario.
Asimismo, le pido señorita Escalante, que le cuente que hasta el último día, en la última neurona que quedó con vida en mi persona cuando decidí cometer aquel genocidio, le seguía persiguiendo para saber si volvía a mirarme, a sonreírme. Y supongo que así lo hizo ella, sólo que no pude descifrar lo que me resultaba tan evidente (once again?).
Hágale llegar estas palabras a la brevedad posible, espero y aún me recuerde. Para usted, mi más cordial saludo desde el más allá.


Con cariño:

Su suicida de cabecera, y recurrente.

domingo, 29 de junio de 2008

Cartas desde el inframundo XI

Enero, 2004

Querida señorita Escalante:

Para variar, le escribo otra anécdota más de mis mujeres, específicamente de una con ojos de vidrio de botella ahumado y párpados tornasol que brillaban a la luz de la Luna, la cual responde al nombre que sirve de título para una canción de Páez (en descripción le sienta mejor una de Spinetta) y juega a ser oficinista que entre cuentas y papeles trabaja de 9 a 6.
Le conocí, durante mis clases “nocturnas” de inglés –las seis de la mañana es demasiado nocturno para mí-, curiosamente, el mismo día que marcaba su aniversario de nacimiento (me gusta creer que fui su regalo de cumpleaños aunque, más bien, fue el mío atrasado).
Para describírsela de forma adecuada, le diría que estuve enamorado de dos mujeres con caracteres y personalidades completamente distintas. La primera, la de nuestras salidas precoces, me sonreía sin prejuicios ni porqués, era muy graciosa y de fulgor divino, la que permitió la historia de un “tal vez”. La segunda, con la que compramos el árbol de aquella navidad perdida, es la que terminó por noquear las pocas neuronas vivas de mi cerebro, era la que se escondía, la oscura e inalcanzable, y me hizo sentir toda su inseguridad, la que se encerraba en su cuarto y no dejaba pasar a nadie, tanto así que terminé comparándole con la idea de algo así como Bush y ella, obviamente, era Irak. Esta última fue con la que pasé nuestros días finales, la de los silencios infinitos.
Aún recuerdo como si fuera la semana pasada (de hecho si fue la semana pasada) cuando, al toparme con ella en el zaguán de su casa, no pudo articular palabra alguna ante mis absurdos intentos por llamar su atención, fue el ocaso de la mirada perdida, y cuando aquellos parpados, que lucían hermosos en la noche, perdieron tristemente su brillo.
Para cuando los sonetos kitsch de amor fallaron, terminaron convirtiéndose en cuestionamientos, mismos que también murieron presas de aquella insoportable mutis. Sabía que el encanto se nos había acabado, el cómo, cuándo y por qué fueron completamente desconocidos pues jamás me los confesó.
Sigo profundamente desconcertado, y no es a causa de los nembutales que devoré hace algunos minutos. Estoy seguro que para cuando me quede una bala en la cartuchera, podré matarnos, pues yo ya no estoy conmigo –supongo que estoy con ella-, y ver si en su último respiro pronuncia mi nombre.


Su (desconcertado) suicida de cabecera.

domingo, 15 de junio de 2008

Cartas desde el inframundo X

Febrero, 2002

Estimadísima señorita Escalante:

Reciba un sentido saludo y abrazo desde este rinconcito (su rinconcito) de la ciudad. Fue muy bueno saber de usted en estos días, disfruté muchísimo su compañía, y la de Chejov, en el teatro.

Esta vez, más que dolido, estoy molesto con mi otrora mujer en turno. Y no sé que es lo que más impulsa mi ira hacia su recuerdo: su traición o su poca entereza para confrontarme.
Si no le cuento los antecedentes de mi vida con esta señorita es porque, en estos momentos, ya no me importa si me echó a perder lo poco festivo de un día festivo, si disfrutamos las tardes patinando, o las golosinas con las que poníamos al sistema nervioso a tope; no, ahora me encuentro sediento de sangre.
El día que decidió abandonarme, aseguró que le resulté ser alguien diferente, alguien que no conocía, y que necesitaba tiempo para replantearse las cosas con respecto a mí. En consecuencia, mi ser se encontró plagado de toda clase de preguntas, entre las cuales las ya recurrentes en las que uno se cree con más responsabilidad de la que se tiene en el asunto. Fue una semana de cuestionamientos y malestares incesantes hasta que decidí hablar con ella para tratar de arreglar la situación, lo cual tuve que hacer vía telefónica para pactar un encuentro y no resultar un inoportuno presentándome de improviso en su domicilio.
Ella contestó con la gracia que siempre la caracteriza, después de los formales saludos entramos en materia. Al momento de pronunciar las primeras palabras al respecto, ella interrumpió para explicarme sus motivos, me contó que llevaba varios días saliendo con alguien más y que no quería "ponerme el cuerno", por lo cual decidió terminar la relación. Su argumento me hubiera resultado válido si no existieran tantos errores en su relato, al momento de platicarme sus hipotéticas fechas, pues el tiempo que llevaba frecuentando a este mozalbete, curiosamente, eran los días en que nos conocimos y comenzamos a salir. Además, una frase indiscreta de su parte (error que quiso ser lavado instantes después), me dejó saber que no es que pretendiera tener una relación con este tipo, sino que ya había empezado, aún cuando éramos pareja. Ante argumentos tan contradictorios, y mi ofuscación, no aguanté más y azoté el auricular en contra del teléfono para poner fin a la conversación.
La rabia se ha apoderado de mí, y aunque hace pocos minutos que regresé de su casa donde cometí suicidio masivo –nos maté y no sabe cómo lo disfruté mucho, aunque no debiera-, aún me queda el hilo frío del rencor... ¿será cierto aquello que cuentan acerca de la venganza? No lo sé, así que esperaré a que conteste mi misiva para que me cuente su punto de vista y me aclare un poquito más las cosas, o mínimo me recomiende una terapia para superar el agrio sentimiento.


Su suicida de cabecera.

domingo, 8 de junio de 2008

Cartas desde el inframundo IX

Agosto, 2001

Señorita Escalante:

De nueva cuenta me disculpo por haberme perdido por algún tiempo. Mi teléfono, como pudo darse cuenta, está descompuesto por sobregiro de pagos y decidí pasarme unos días en casa de mis padres hasta que encuentre la claridad de los últimos acontecimientos en mi vida.
Le cuento que varios meses atrás conocí una mujer de nariz diminuta y pecas abundantes que, desde el día que me tropecé con ella, acaparó de inmediato mi atención. Fue en una fiesta donde coincidimos que me atreví (por fin) a obtener su teléfono, y donde comenzó la odisea.
Desde las primeras salidas que tuvimos, se mostró accesible a mis intromisiones recurrentes por saber de su vida, obviamente su contraataque no podía esperarse con menos ferocidad, lo que hacía de nuestras pláticas todo un deleite, así como el postre más esperado después de una provechosa tarde juntos.
Recuerdo que, entre tantas citas, recorrimos los confines más impensables de esta caótica ciudad sin dejar ningún resquicio inhabitable sin explorar, y durante los trayectos jamás dejamos pasar la oportunidad para conocer desde el punto más fino hasta el más impúdico de cada uno de nosotros. Hasta me vi envuelto en un picnic –hágame usted el favor- y una serie de actividades que resultan demasiado desconocidas para mi rutina diaria (debe ser parte de esta dulce intoxicación).
La empatía y confianza eran tan grandes, que no dudó en contarme sus dolencias para la tercera o cuarta cita, mismas que eran su enemigo a vencer e impulso para seguir adelante, pero, al mismo tiempo, su fantasma y verdugo más implacables. Y cuan sanguinario resultó ese silencioso asesino que nos evitaría, y nos perdería, de un “tete a tete” que no pudo escapar más allá de la imaginación. Pues si bien fueron muchas las tardes en las que nos divertimos como niños, existieron otras tantas en las que abrazados nos separábamos cada vez más, víctimas de un beso de papel que parecía haber dictado una sentencia irreversible.
Oportunidades para sobrellevar estas vicisitudes nos sobraron, sólo que “yo podía haberlo hecho mejor, vos podías acercarte a mí”, y seguro me faltó algo de paciencia y le faltó algo más de entrega, pero ambos decidimos partir hacia distintos puertos en busca de diferentes horizontes. Nuestras miradas, finalmente, se perdieron entre la multitud desapercibida ante nuestra despedida.
Hoy en día me siguen, o sigo, hablando de ella, y no puedo evitar la sonrisa en mi cara –cosa buena. Es gracioso, es la única de mis mujeres, hasta el momento, que no me susurró al oído un “recuérdame” mientras nos despedíamos, sin embargo traigo todavía su aroma entre mis dedos, los hilos de su cabello entre mis ropas, y la melancolía de su persona habitando un rincón muy guardado y exclusivo de mi corazón.
Que tenga bonitos días señorita Escalante.


Su inolvidable Suicida.

domingo, 25 de mayo de 2008

Cartas desde el inframundo VIII

Julio, 1999

Querida señorita Escalante:

Como se aferra el corazón a lo perdido, lo peor es que ¿cómo puedes perder algo que nunca ha sido tuyo? Esta pérdida falaz no sé hasta qué punto puede ser igual o más insoportable que el haber tenido y después perdido. Desde esta perspectiva, no debería existir esta carta, no tiene razón de ser, sin embargo se la escribo como parte de mi terapia recurrente.
Buscando como cualquier artista barato busca la internacionalización, me dejé llevar por una niña nipona de ojos no tan rasgados pero con unos vidrios impenetrables que no sólo resguardaban sus globos oculares, también lo hacían con su persona, sellándola como si fuera un frasquito de aceitunas que nos cuesta una hernia para abrirlo.
Usted se estará preguntando el por qué embarcarme en una diligencia que desde el principio se notaba casi imposible (de haber advertido estos detalles, créame que yo tampoco me hago a la aventura), y tiene razón, pues jamás compartimos el gusto por el cine, casi nunca coincidimos en los mismos lugares de siempre, ni mucho menos simpatizamos con los amigos, pero este encuentro fallido sirvió para conocernos más y mirarnos hacia adentro, como una especie de catarsis involuntaria. A ella le sirvieron mis ocurrencias para hacerla reír, le bastaron mis palabras para devolverle la confianza y hacerla más abierta con la gente, y mi persona para contar con un confidente más. A mí, su sonrisa sirvió para devolverme el alma, sus ojos para abrigarme en las noches de verano, y sus palabras para recobrar la fuerza para seguir adelante ante las exigencias de la vida.
Ambos salimos beneficiados de este desencuentro recíproco, yo me quedo con la honestidad con la que siempre se mostró ante mí, y me llevo conmigo a todos sus hermanos con los que nunca fui un extraño. Ella también se llevó varias cosas mías, y tal vez no lo sabe, pero son, desde ahora, de ella (y muy valiosas).

Que largo es el camino a casa cuando has dejado una parte de ti con esa persona.


Su suicida.

domingo, 18 de mayo de 2008

Cartas desde el inframundo VII

Octubre, 1997

Mi muy querida señorita Escalante:

Espero que se encuentre muy bien y en compañía de sus seres queridos, como siempre suele hacerlo.
Le cuento que anoche, de nueva cuenta, me suicidé, volví a destrozarme el lado izquierdo del corazón para no sentir nada por un tiempo indefinido. Ahora fue un cuadro de Remedios Varo, con unos cuantos matices de Leonora Carrington, quien me mandó a un lugar lejano del cual no creo regresar por algunos meses. Esta hija de "La consagración de la primavera", decidió hacerse la aparecida mientras recién se paría un septiembre –estoy seguro que se escapó de un póster de "Nacer de nuevo" que tengo en mi cuarto.
Durante un tiempo, decidió prestarme sus hadas, su cuarto, sus zapatillas de ballet y sus tardes de melancolía, posada entre las sillas de algún rincón perdido de Coyoacán; pero al final fue eso: sólo durante un tiempo, y como todo préstamo, pidió todas sus cosas de vuelta cuando, con lágrimas en sus ojos, me confesó que ella no era la musa, ni la diva, ni las estrellas, ni el pecado recurrente de mis noches ociosas, sino "La casada infiel" que jamás tuvo el coraje de hablarme de su marido.
No le niego que fue triste, hasta frustrante, saber que aquellas noches, sus sonrisas, las canciones y su llanto, llevaban otros ojos como dedicatoria. Sin embargo, mis días, mi tinta, mi papel y mis fotografías, junto con los lienzos que jamás pinté, fueron de su uso exclusivo y con todos los derechos de autor cedidos con fines de lucro.
En el último café de nuestra vida juntos, me pidió como favor que no le comentara nada de esto a su hombre, quien no era amigo mío pero sí conocido de varias tertulias atrás, y no porque le preocupara el futuro de su relación, tampoco lo hizo pensando en mí o tratando de evitar una posible confrontación, más bien, era la mejor manera en que los tres podíamos entender las cosas –o hacernos 'güeyes', en su defecto.
En fin, me voy de viaje por unos cuantos meses, espero que a mi regreso el cambio de clima me haya cambiado la cara. De no ser así, continuaré con mi exilio hasta que me dure el gusto, o la agonía.


Su ahora desconfiado suicida.

domingo, 4 de mayo de 2008

Cartas desde el inframundo VI

Abril, 1997

Señorita Escalante:

¿Qué tal le pintan sus días? Estamos esperando gustosos a que regrese pronto por estos lares después de su exitosa gira por la vida. Seguro me nota algo más cambiado desde la última vez que nos leímos, y no es para menos.
Conocí a una conejita, durante los últimos días de mi rehabilitación, que dejaba la marca de los dientes en casi todas las cosas, y cuando aún estaba convaleciendo por heridas de guerras pasadas. Muy buena niña, hija de familia, bastante educadita (a diferencia de la anterior), y en general muy agradable. Salimos por algunos meses, durante los cuales nos identificamos en varios ámbitos en los que, hasta la fecha, nos sentíamos o éramos catalogados de raros -es increíble saber de cuantos temas de conversación nos perdemos los seres humanos si fuéramos un poquito más abiertos.
Desgraciadamente, cuando se notaba más sanita que de costumbre, me di cuenta que todavía seguía herida de muerte por un amor pasado. Lo supe al momento de su duda, cuando, en un arrebato de valor, me arriesgué a robarle un suspiro de sus húmedos labios.
Había otro par de huellas acompañándola y no eran mías, ella las dejó marcadas en su playa a pesar de mi compañía. Me imagino que llegué un poco tarde, o un poco temprano, o qué sé yo, pero inoportuno al final.
A pesar de todo, me doy cuenta que los pedacitos de mi aorta, casi extinta, se regeneraron sin aviso previo. Dejémosles así por algún tiempo hasta que sanen, porque hoy gustoso me doy el tiro de gracia. “Quiero creer que estoy volviendo”, dijera Benedetti.


Su corregido (y aumentado) suicida.

lunes, 28 de abril de 2008

Cartas desde el inframundo V

Noviembre, 1996

Mi muy necesitada señorita Escalante:

Estos han sido días teñidos de un gris azulado, la esperanza hace años que no toca a mi puerta y me ahogo en el estrés cotidiano. Me la he pasado deambulando como un zombi por los rincones de mi casa y la ciudad. No me hallo señorita Escalante, y viera que ya me busqué por la cocina, en el armario y hasta en la caja de zapatos que guardo bajo mi cama.
Para colmo, hace apenas algunos días que me corté las venas junto a un cartel que decía “¿por qué se suicidan los poetas?” (no es que me sienta poeta, más bien soy suicida por naturaleza), por una mujer falaz que me dejó en calidad de desahuciado. Y no todo es culpa de ella, yo también puse de lo mío pues, al venderme la idea de esta versión horripilante y desalmada de mi persona, se la compré a precio muy barato y terminé creyéndome esas blasfemias.
Mientras me desangraba, no sé si a causa de la lucidez de mis últimos minutos, o por la cercanía de la dichosa luz que veía al tiempo que todo se me nublaba, recordé la infinidad de conflictos en que nos veíamos envueltos dicha mujer y yo. Lo gracioso, es que no me recordaba siendo aquel que ella decía que era; pero tampoco me recuerdo poniéndole punto final a todo esto, simplemente dejé que pasara y llegara hasta sus últimas consecuencias. Fue una especie de golpear el metal, hasta que finalmente se rompió.
Discúlpeme que le eche a perder sus hermosos días, y que no tenga ni ánimos de seguirle contando mis pesares, pero simplemente quiero cerrar los ojos y no regresar de este letargo. Créame que no me da miedo ir a dormir y no despertar, lo que me preocupa es despertar y no saber qué hacer a la mañana siguiente, tal y como han sido mis días.


Su sombrío suicida.

domingo, 20 de abril de 2008

Cartas desde el inframundo IV

Febrero, 1995

Querida señorita Escalante:

Primero que nada reciba un saludo muy cordial. Le cuento que me cambié de domicilio hace algunos meses (ojalá y no la haya tenido tocando a mi puerta en vano), y ya estoy más cerca de su vivienda, con lo que no tendrá que cruzar toda la ciudad y perder todo un día para vernos.
¿Recuerda que le había comentado el año pasado que no lo terminaba tan mal?, pues para mi mala fortuna, y a pocos días de comenzado el segundo mes del año, lo empezamos con el pie izquierdo.
Por una mujer demasiado buena, para creérmelo, terminé ahorcado por inepto e ignorante. Ella no quería irse, lo sé por los días en que me dedicaba sus cartas y su costura, las noches en que me regalaba sus estrellas que me cobijaban, por las tardes y amaneceres en la playa donde se aferraba a mí como si no quisiera que me le escurriera de entre sus dedos; no quería irse, yo fui quien la aparté ahora.
Lo sé, porque en la última de nuestras páginas, mientras el día se moría aún negándose a hacerlo y dejar que se acabara el encanto, ella abrazada a mí me contó su sentir, el no saber por qué seguía yo estando con ella. Un aire frío comenzó a correr por la ciudad, sabedora del futuro, cuando me preguntó por mis sentimientos. De haber descifrado el mensaje entre líneas, esta carta tendría un contenido muy diferente.
Durante toda esta semana, me pregunté si fue culpa de la distancia, del poco tiempo que me di para llevar esta relación, o si fue algo que hice lo que provocó este desenlace de los hechos. Unos minutos antes de escribirle esta nueva misiva, fue cuando lo vi todo claramente: pesó más lo que no hice. Debí darme cuenta que lo que quería era el mismo sentimiento que ella me profesaba, y las palabras sobraban y no bastaban, lo que le importaba era el compromiso manifiesto, de mi parte, por jugarnos el todo por el todo en este albur.
Ahora comprendo que, cuando sus dedos se desprendían lentamente de mi pecho, lo que quería no era despedirse, sino que yo le diera una razón, o un pretexto, para quedarse. Idiotamente, corrí lo más rápido que pude en dirección opuesta, y no sé que tanto por miedo, por no querer comprometerme o por no sentirme vulnerable; espero algún día saberlo con exactitud para intentar no repetirlo.
La perdí señorita Escalante, todo por no ver lo que resultaba evidente. Me siento como un perfecto estúpido.


Su idiota suicida.

domingo, 13 de abril de 2008

Cartas desde el inframundo III

Mayo, 1993

Estimada señorita Escalante:

Reciba un saludo desde el otro lado del charco esperando que sus días le sean sumamente agradables y didácticos. Y hablando de aprendizaje, mi proceso continúa en el día a día al recibir, hace pocas semanas, una lección de vida.
Todo comenzó a principios de este año, cuando la suerte me permitió frecuentar más a una amiga, a la que tenía un par de años de conocer. Habíamos pasado completamente desapercibidos hasta esta ocasión, donde las pláticas se fueron tornando cada vez más personales, al grado que más de uno pensaba que éramos pareja. Y efectivamente, fuimos encontrando una gran identificación, varios puntos y proyectos de vida en común, con lo cual la sorpresa nos tomó desprevenidos (aunque tampoco oponíamos mucha resistencia).
Cuando esta historia suponía tener un final feliz, apareció un amigo nuestro y me confesó, durante alguna parranda, sus sentimientos hacia ella y su sentir al vernos juntos; y me platicó de sus celos hacia mí. Le escuché y opté por adoptar una postura de no intervención, la cual hubiera resultado más efectiva de lograr sostenerla porque, inmediatamente después de su confesión, ejerció sobre mí el ya conocido lavado cerebral, del cual fui víctima voluntaria.
El móvil de este ‘washado’, no fue más que una decisión que yo había tomado desde finales del año pasado. Resulta que me decidí ir al extranjero a estudiar por un año, y realmente, para conocer otra cultura y cambiar de aires, la fecha tentativa para irme sería en agosto de este año; por lo que mi amigo supo como utilizar estas cosas en mi contra para hacerme ver, según él, el poco éxito de la relación. “¿Qué ganas con tener algo con ella, si al poco tiempo te vas a ir y a ella la dejarías aquí sola?, piensa en ella, en lo que la harías sufrir por la distancia”, fueron sus palabras para hacerme desistir de aquella mujer que había logrado mudarse y alojarse en varias partes de mi organismo. Finalmente, decidí hacerme a un lado y permitirle llevar a cabo su empresa.
Ahora me doy cuenta de mi estupidez y de la lección aprendida: la amistad es para con los amigos, pero la lealtad es hacia uno mismo; pues al confundir estas dos cosas, nos hice perder (a ella y a mí) una oportunidad de resolver un “hubiera”, y a mi “amigo” le di una buena excusa para comenzar con su campaña de descalificaciones en mi contra que originaron que esta dama, bastante desilusionada de mi persona, se recluyera en un convento, lo cual me hace pensar que sentía lo mismo hacia mí –y me doy de topes contra la pared.
Este será un verano muy largo, pues ahora viajo muy solo, sin amigo y sin mujer.


Su desleal suicida.

domingo, 6 de abril de 2008

Cartas desde el inframundo II

Abril, 1992

Señorita Escalante:

Ha pasado algo de tiempo desde la última vez que nos vimos, y no es que la tenga olvidada, sino que entre las clases de teatro, mi trabajo y las labores domésticas, no he encontrado el tiempo para invitarle un rico cafecito. Y perdone si ahora que me animo a escribirle, sobre todo después de tener varios meses sin sabernos, sea únicamente para contarle de mis dolencias inoportunas.
En esta ocasión, me volé la tapa de los sesos por una periodista de aviso inoportuno: llegó a mí cuando menos esperaba para después largarse cuando más la necesitaba. No voy a negar que lo disfruté al máximo, que dejamos historias encerradas en los salones, que su labial manchó algo más que mis ropas, y que no todas nuestras tardes fueron malas, fugaces sí, pero tardes al fin.
Supongo que al momento de abandonarnos, ella estaba más cansada de mis arrebatos de inmadurez que yo de su persistente necedad por querer cambiar mi persona, pues su postura se mantuvo desde que me colgó teléfono de forma muy efusiva hasta que llegamos a la conclusión definitiva.
En realidad, no estoy ni tan molesto ni tan afligido, pienso que tal vez buscábamos cosas totalmente distintas y mirábamos hacia horizontes diferentes, porque ya hacía algunas semanas que, sin razón de ambas partes, nos habíamos distanciado.
Espero que se encuentre bien, y si no le cuento más no es por desconfianza, desgraciadamente es porque no llegó a más esta publicación mensual.


Su suicida.

domingo, 30 de marzo de 2008

Cartas desde el inframundo I

Octubre, 1990

Señorita Escalante:

Esta es la primera carta que me atrevo a escribirle, a pesar de los años que llevamos conociéndonos, y es que tenía la urgencia de comentarle algo que me ha estado pasando en los últimos días.
Resulta que llevo algunos años saliendo con mujeres, pero con ninguna de ellas había experimentado esta rara, y nueva, sensación de vacío; hasta ahora. Encontré unos ojos de jade que me hicieron perder toda esencia y referencia de lo que ha sido, hasta ahora, mi vida con ellas.
A la susodicha en cuestión, la conocí una tarde lluviosa del pasado verano mientras platicaba con un amigo que tenemos en común. Al acercarme para saludarlo, él amablemente hizo las presentaciones correspondientes. Minutos después, los tres charlábamos como si nos conociéramos de toda la vida.
Conforme transcurrían las semanas, coincidimos en todo tipo de lugares y en más de una ocasión (desde bares hasta cafeterías), con lo que tuvimos demasiado tiempo para convivir y conocernos más a profundidad, cosa que me dejó prendado de ella al cabo de algunos meses.
Hace algunos días, y disculpe el salto cuántico porque no hay nada más que contar (excepto el viaje astral que me originó dicha menina), me confesó muy feliz que se iba a vivir a los Estados Unidos en unas cuantas semanas con un ex-novio que, al momento de reconciliarse, le hizo la propuesta; cosa que me sorprendió mucho pues nunca, durante nuestras salidas, me había platicado del tan desconocido ex. Lo más intrigante, fue que mi amigo jamás me contara algo al respecto, aún cuando me la pasaba recitando una y otra vez el nombre de la mujercita en cuestión. Para cuando le pregunté, un día después, por qué no me había comentado nada, respondió con el típico “porque no me preguntaste”. Me imagino que no era tan amigo como creía –aunque mi ira y frustración reprimidas ya ajustaron cuentas con su integridad física. Y a ella, no pude más que felicitarla y desearle lo mejor al momento que nos abrazábamos.
Le soy honesto señorita Escalante, no tengo ganas de salir a la calle, tengo mis puertas cerradas y las cortinas corridas, porque no sé cómo lidiar con esta pena que estruja mi corazón y que provoca la respiración entrecortada. ¿Será acaso porque nunca me animé a decirle nada?.
Me siento muy mal, presiento que esta noche me voy a suicidar.


Un suicida.

lunes, 17 de marzo de 2008

Los pendientes del siglo pasado

Realmente no son del siglo pasado, pero por tanto tiempo que llevamos postergándolo, como si lo fueran.

Seño Yaja, claro que me acuerdo de su móvil y su diseño para tatuaje, espero que cuando esté por estos lares lo discutamos en compañía de un rico café (aunque al paso que vamos, terminaremos refugiándonos en una cantina de mala muerte con harto alcohol pa' aliviar los malestares estomacales que nos cargamos desde hace algunos meses).

El otro encargo, si mal no recuerdo, era su texto describiéndola. Debo confesarle que no es que ande falto de inspiración, sino que caigo en la cuenta que necesitaría cerca de 20 blogs para terminar de hacerlo y aún así me faltaría vocabulario. Y no es que sea difícil de describir o descifrar, más bien ud. engloba tantas cosas en su vida, y en la de tanta gente, que tendría que pasarle el texto en 33 novedosos fascículos publicados quincenalmente.

Aún así, y a pesar de que también prometí hacerle un libro, con ud. como mi objeto de estudio, aquí le mando este segundo intento (fallido) de su carta descriptiva:

Nombre: Alicia Penélope Gricelda Daniela Yajaira Greta San Ramón (¿se dió cuenta que ya la subí de catego?) Ramírez Escalante Montoya viuda de D'Oviedo, y dejamos un graaaan espacio en blanco para los demás apellidos, porque aparte de que no los recuerdo, en su mayoría han ido cambiado constantemente desde la primera entrega que le hice a esta.

Profesión: mujer, amiga, cómplice, psicóloga, loquera, mi gurú de cabecera, el mejor perfume en estuche pequeño, unas veces la hace de valium y otras simplemente le valium madres (y que bueno), etc.; con maestría y doctorado de vida.

Tamaño: Peque chiquita bebé, edición de bolsillo.

Generalidades (que en su caso son especificaciones muy detalladas): Es ud. pura vida y no escatima en vivir. Nació durante una posada, en una hielera de caguama y quita-pon, en la que muy seguramente sus papis estaban tan divertidos en la pachanga que, al oír el desmadre, ud. quiso salir al mundo para hacer lo propio. En algún momento, entre el primer año de vida hasta los 21, cuando le conocí, se nos aburrió de pensar como el resto de su edad y decidió adelantarse algunos eones en su intelecto. Y me imagino que de niña jamás dejó de tocar las nubes, porque hasta la fecha continúa haciéndolo sin importarle las veces que se nos ha estrellado en el suelo.
También la conocen Páez y Spinetta como "Grisel", Milanés le guardó "un breve espacio" (nadie es perfecto pero yo, de la mano de Noel, "te perdono"). Al igual que Páez yo también pienso que "tus regalos deberían de llegar" algún día. Y seguramente, más de uno no podría vivir "sin tu latido". Todos ellos debieron conocerte en un deja vú.
Algunas veces, la haces de psicólogo bajo el nombre de un señor de vecindad con una hija de lentes y pecosa llamada "la chilindrina", y otras tantas eres la señorita del (segundo) apellido que ayudó a la creación de este alter ego que se nos mata con cada mujer a su paso.
Sin duda, tú eres uno de esos amorosos de quien escribe Sabines, y una de las fulanas que inspiró a Benedetti, aunque también un "Romancero Gitano" te echó el ojo.
La mujer de la palabra prodigiosa, la frase exacta, y el comentario (no tan) amable. La que sabe cuando un "pendejo" y un "hijo de la chingada" no son ofensas, sino un mal necesario para los demás.
La niña del pastel de velas y que sabe compartirlo.

Contraindicaciones (no todo iba a ser bello ¿verdad?): Mejor conocida como "la viuda negra" (mote escupido de mi boca en varias ocasiones), y no es que sea una come-hombres ni mucho menos, más bien porque la vida la ha tenido enviudando constantemente de pena negra, y ajena.
La mujer de la noche eterna y sombría a causa de sus amores cobardes -y vaya que le salieron 'nenitas' algunos de estos tipos.
La niña ángel que le cuesta trabajo creer, a veces, que se lo merece todo.
La que se nos vuelve bruma con el final de un beso, y no porque ella quiera ser bruma, es el beso, la despedida, la que la convierte en estado gaseoso.
La de los hombres sin retorno, que la hacen sentir fuera de lugar (aunque si a mí me preguntan, son estos pendejos los que están fuera de lugar); y que hacen que se nos pierda por días, semanas, y algunos meses.

Dosis: Ya nos hace falta aquí en la inmensidad de los imecas y los abriles... también sirve la que indique el médico. Y de ser posible administre en sobredosis.

Y que tenga un bonito día Señito.

jueves, 6 de marzo de 2008

Carta para una musa desinspiradora

Mi muy querida musa desinspiradora:

Estoy esperando el día en que me devuelva la inspiración, pues hace mucha falta por aquí y es la única que me salva de tantas noches en vela y de ir al psiquiatra de manera urgente. La pobre de por sí ya está muy abrumada y a punto de un coma, por lo que raya en la crueldad que usted me la tenga bajo arraigo domiciliario. ¡Oiga! lla ny cepo ezqrivir!!!.

Ahora bien, si ella decidió irse por voluntad propia, pregúntele qué circunstancias la orillaron a tomar tal resolución, escúchela y pórtese comprensiva; se lo pido como un favor muy especial. Después de echarse unos tecitos, azótele un par de cachetadas 'guajoloteras' que la hagan reaccionar para que recuerde la larga y estrecha relación que llevamos desde el primer día que me armé de valor para tomar el papel y la pluma (sólo en caso de no lograr que lo reconsidere por las buenas).

Asimismo, aclaro que a Ud. no la odio, sino todo lo contrario que es igual pero no es lo mismo. Para cuando la tenga de vuelta, y como acto de buena fe de mi parte, prometo llevarla a Ud. a pasear por Coyoacán, al zoológico de Chapultepec o, ya de perdis, a la Alameda.

Gracias de antemano, y no lo tome como amenaza pero recuerde que sé donde vive, así que evíteme la pena de tener que tocar a su puerta y hacerla pasar una vergüenza delante de sus vecinos y, en el peor de los casos, tener que alojarme en su domicilio por tiempo indefinido esperando que algún día los tres podamos convivir en armonía.


Atte. Un desinspirado YO