domingo, 13 de abril de 2008

Cartas desde el inframundo III

Mayo, 1993

Estimada señorita Escalante:

Reciba un saludo desde el otro lado del charco esperando que sus días le sean sumamente agradables y didácticos. Y hablando de aprendizaje, mi proceso continúa en el día a día al recibir, hace pocas semanas, una lección de vida.
Todo comenzó a principios de este año, cuando la suerte me permitió frecuentar más a una amiga, a la que tenía un par de años de conocer. Habíamos pasado completamente desapercibidos hasta esta ocasión, donde las pláticas se fueron tornando cada vez más personales, al grado que más de uno pensaba que éramos pareja. Y efectivamente, fuimos encontrando una gran identificación, varios puntos y proyectos de vida en común, con lo cual la sorpresa nos tomó desprevenidos (aunque tampoco oponíamos mucha resistencia).
Cuando esta historia suponía tener un final feliz, apareció un amigo nuestro y me confesó, durante alguna parranda, sus sentimientos hacia ella y su sentir al vernos juntos; y me platicó de sus celos hacia mí. Le escuché y opté por adoptar una postura de no intervención, la cual hubiera resultado más efectiva de lograr sostenerla porque, inmediatamente después de su confesión, ejerció sobre mí el ya conocido lavado cerebral, del cual fui víctima voluntaria.
El móvil de este ‘washado’, no fue más que una decisión que yo había tomado desde finales del año pasado. Resulta que me decidí ir al extranjero a estudiar por un año, y realmente, para conocer otra cultura y cambiar de aires, la fecha tentativa para irme sería en agosto de este año; por lo que mi amigo supo como utilizar estas cosas en mi contra para hacerme ver, según él, el poco éxito de la relación. “¿Qué ganas con tener algo con ella, si al poco tiempo te vas a ir y a ella la dejarías aquí sola?, piensa en ella, en lo que la harías sufrir por la distancia”, fueron sus palabras para hacerme desistir de aquella mujer que había logrado mudarse y alojarse en varias partes de mi organismo. Finalmente, decidí hacerme a un lado y permitirle llevar a cabo su empresa.
Ahora me doy cuenta de mi estupidez y de la lección aprendida: la amistad es para con los amigos, pero la lealtad es hacia uno mismo; pues al confundir estas dos cosas, nos hice perder (a ella y a mí) una oportunidad de resolver un “hubiera”, y a mi “amigo” le di una buena excusa para comenzar con su campaña de descalificaciones en mi contra que originaron que esta dama, bastante desilusionada de mi persona, se recluyera en un convento, lo cual me hace pensar que sentía lo mismo hacia mí –y me doy de topes contra la pared.
Este será un verano muy largo, pues ahora viajo muy solo, sin amigo y sin mujer.


Su desleal suicida.

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