domingo, 13 de julio de 2008

Apegos apócrifos

Una mujer, arriba de los veintiséis años, basa su vida en obtener la estabilidad económica -lo suficiente para pagarse sus lujosos caprichos- y en encontrar un novio con el que un día pueda casarse. Está convencida que, quien sea su pareja, deberá asegurarle la cuestión monetaria para asegurar, asimismo, la felicidad en la relación. Paradójicamente, su aparente frivolidad se debe a esa imperiosa necesidad -y necedad- de tener a alguien a su lado, por lo que comienza a vivir cuentos de hadas en todas sus relaciones: cien por ciento perfectas y completamente extraordinarias.

Y vivió "feliz" por siempre...

Tampoco despertó del sueño, simplemente se negó a hacerlo.

***

Un hombre, arriba de los treinta, siente que su vida no se parece en nada a lo que él deseaba cuando tenía veinticinco años. Tiene un trabajo en el que su sueldo y sus actividades no le resultan satisfactorios, también lleva una relación de varios años donde ya no se siente a gusto. Paradójicamente, no se atreve a buscar otro trabajo por no perder su actual estabilidad económica -lo suficiente para pagarse sus lujosos caprichos-, tampoco quiere terminar con su pareja por esa imperiosa necesidad -y necedad- de estar con alguien y que, según él, podría tratarse del último tren en su vida.

Y vivió (in)feliz por siempre...

Tampoco quiso romper con el encanto, simplemente se negó a hacerlo.

jueves, 10 de julio de 2008

Dios bendiga a los bancos

Hoy traigo una sonrisa de cien dibujada en mi cara (cincuenta en cada cachete) y, efectivamente, me costó 100 pesos y la sonrisa es irónica.

Resulta que ahí voy bien modosito a hacer una transacción al cajero más cercano a mi domicilio, ya listo para recibir el efectivo aparece un letrerito diciendo: "transacción no válida, tarjeta retenida", con lo que este suceso me deja con cero pesos y cero tarjeta.

Corro a la sucursal en busca de auxilio y, después de que la 'señito' de la ventanilla termina de platicar de la telenovela del horario estelar del canal 2 con otra cajera igual de desentendida, explico lo sucedido minutos atrás mostrando mi mejor cara de "perrito sin amor" (estilo 'Looney Tunes' con toda la retina brillosa) para que se apiadara de mi alma en busca de una solución rápida. Ella me observa y escucha mi caso con la misma credibilidad que le tendría a un político, pero sin goce de privilegios, y me pregunta si ya me había sucedido antes, "sí, es una actividad morbosa que realizo con frecuencia, ya hasta ha cobrado tintes de fetichismo" me quedo pensando, y eso mismo le contesto pero haciendo gala de mi libro de sinónimos para que no se sienta ofendida.

Me explica las diferentes alternativas para solucionar mi problema, sólo que éstas implican el tener que aguantarme sin efectivo hasta el día siguiente, y me pregunta si me urge retirar dinero -y esta es la parte donde las políticas de los bancos trafican con las necesidades del resto de los mortales-, entonces me dice que puede reponer la tarjeta pero con el desembolse de la módica cantidad de 100 pesos (deducibles de impuestos y con cargo a mi cuenta de forma inmediata). Con recibos por pagar, y un niñote de treinta y ****** años de edad que mantener, no tengo mejor opción que acceder. Para colmo, una vez que salgo del establecimiento, el Dios Tláloc me deja saber que no le simpatizo, pero al menos con eso se disfrazó la nubecita que traía sobre mí.

Ahora tengo en mis manos un bonito 'souvenir', conmemorativo y edición especial, de Beijing 2008 con valor de 100 pesos y sin gastos de envío.

¿Cómo vas?

Desde hace varios años, mi ritual matutino, el cual siempre comienza con la tarea de despertarme antes de levantarme de la cama para evitar que me rompa la maceta con cualquier mueble u objeto de mi casa 'anti-feng-shuizada', incluye una sesión de cinco minutos de autoestima frente al espejo. Una vez que logré reconocer al personaje que está frente a mí, me hago la misma pregunta en voz alta: "¿cómo estás?". La respuesta varía dependiendo del estado de ánimo: "estoy bien buenote" cuando traigo la pila a tope, "bien" cuando estoy dos-dos, y si de plano me encuentro bastante bajón con un "estoy vivo" o "sobreviviendo" es más que suficiente.

Hace algunas semanas cambié la pregunta inconscientemente, me pregunté "¿cómo vas?", la cual revolvió todo mi marco referencial. Si bien la primera pregunta se refiere a cuestiones anímicas, la segunda fue formulada de manera más personal, como si me cuestionara el cómo voy en la vida, en el trabajo, etc. Debo reconocer que por un momento me aterró tal equivocación, pues al tratar de responderme me quedé pasmado sin nada que decir.

Ahora tengo que lidiar con las dos preguntas, la primera ya la tengo más que estudiada, y la segunda, hasta la fecha, lo más sensato que me he contestado ha sido: "espero algún día responder de manera positiva".

martes, 8 de julio de 2008

Ausencia

—Me he cambiado el nombre —interrumpe durante nuestra charla telefónica—, ahora me llamo Ausencia.
—¿Ausencia de qué? —me pregunté.

Y ahora que lo pienso, la respuesta había sido revelada durante nuestra plática: se refería a su ausencia, a la de ella en sus relaciones. Le había leído, escuchado y observado en los últimos meses, y resultaba obvio que destilaba la ausencia por sus poros, pero pasó inadvertido hasta que una monje budista encontró su 'chakra' defectuoso.

Ausencia a final de cuentas.

—Si ahora no estás ¿nunca estuviste? —le reclamaba al último de sus hombres.

La pregunta también podría formulársela ella, y mi respuesta sería que, tal vez, ambos nunca estuvieron.

Ausencia a final de cuentas.

martes, 1 de julio de 2008

Suele pasar

Este post lo había postergado por diversas razones, gracias a Yaja, quien me amenazó hace algunas semanas de divulgarlo para cuando sea famoso (já), es que lo publico.

Hace varios años, mi madre me regaló un libro de citas selectas que fueron extraídas de los libros que ha publicado cierto autor (a quien no menciono para que se chuten el post completo, si no, que chiste), contiene varias frasecillas decentes. Por ser un regalo de mi madre, le guardo bastante cariño al librito.

Del autor muy poco o casi nada sabía, y me sorprendía que no me hubiera topado con algún libro de él. Para mi buena fortuna, las frases tenían los títulos de los libros de donde fueron tomados, así que la tarea de encontrar la bibliografía del susodicho autor no sería tan complicada. Días atrás, Yaja me había prevenido de la dudosa reputación del escritor en cuestión, aún así me animé a comprar un libro de él.

Habiendo comprado el libro, corrí presuroso a mi casa para devorarlo desde el celofán en el que venía envuelto hasta desgastar la contraportada. "Oh desilusión" -me dije cuando, al ir página trás página, me percaté que la esencia del libro era una copia deslactosada, despasteurizada y bastante 'light' de "El arte de la guerra" de Sun-Tzu (uno de mis favoritos), y dulcificado con un estilo tan cursi y somero que el mismísimo Carlos Cuauhtémoc Sánchez envidiaría tener en cualquiera de sus libros. El daño estaba hecho, y el eco de la risa burlona de Yaja se ha escuchado desde entonces hasta la fecha (realmente lo que se oye hasta la fecha no es el eco, sino la risa real).

Para terminar, que confieso que utilicé la técnica de la cadenita de e-mail para tenerlos en suspenso, el libro que compré era "El manual del guerrero de la luz" de Paulo Coelho -mea culpa. La razón por la que no conocía la bibliografía del señor es muy simple: sus libros se encuentran junto con los de superación personal, pensamientos para viajar en metrobús, libros de optimismo y... los de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, que son los que siempre evito a la hora de pasearme por las librerías.

Moraleja (patrocinada por Yaja): El que un autor tenga algunas frases buenas, no significa que pueda escribir todo un libro completo con la misma calidad.

'Shit happens'

domingo, 29 de junio de 2008

Cartas desde el inframundo XI

Enero, 2004

Querida señorita Escalante:

Para variar, le escribo otra anécdota más de mis mujeres, específicamente de una con ojos de vidrio de botella ahumado y párpados tornasol que brillaban a la luz de la Luna, la cual responde al nombre que sirve de título para una canción de Páez (en descripción le sienta mejor una de Spinetta) y juega a ser oficinista que entre cuentas y papeles trabaja de 9 a 6.
Le conocí, durante mis clases “nocturnas” de inglés –las seis de la mañana es demasiado nocturno para mí-, curiosamente, el mismo día que marcaba su aniversario de nacimiento (me gusta creer que fui su regalo de cumpleaños aunque, más bien, fue el mío atrasado).
Para describírsela de forma adecuada, le diría que estuve enamorado de dos mujeres con caracteres y personalidades completamente distintas. La primera, la de nuestras salidas precoces, me sonreía sin prejuicios ni porqués, era muy graciosa y de fulgor divino, la que permitió la historia de un “tal vez”. La segunda, con la que compramos el árbol de aquella navidad perdida, es la que terminó por noquear las pocas neuronas vivas de mi cerebro, era la que se escondía, la oscura e inalcanzable, y me hizo sentir toda su inseguridad, la que se encerraba en su cuarto y no dejaba pasar a nadie, tanto así que terminé comparándole con la idea de algo así como Bush y ella, obviamente, era Irak. Esta última fue con la que pasé nuestros días finales, la de los silencios infinitos.
Aún recuerdo como si fuera la semana pasada (de hecho si fue la semana pasada) cuando, al toparme con ella en el zaguán de su casa, no pudo articular palabra alguna ante mis absurdos intentos por llamar su atención, fue el ocaso de la mirada perdida, y cuando aquellos parpados, que lucían hermosos en la noche, perdieron tristemente su brillo.
Para cuando los sonetos kitsch de amor fallaron, terminaron convirtiéndose en cuestionamientos, mismos que también murieron presas de aquella insoportable mutis. Sabía que el encanto se nos había acabado, el cómo, cuándo y por qué fueron completamente desconocidos pues jamás me los confesó.
Sigo profundamente desconcertado, y no es a causa de los nembutales que devoré hace algunos minutos. Estoy seguro que para cuando me quede una bala en la cartuchera, podré matarnos, pues yo ya no estoy conmigo –supongo que estoy con ella-, y ver si en su último respiro pronuncia mi nombre.


Su (desconcertado) suicida de cabecera.

martes, 17 de junio de 2008

Pies ligeros

Ahí va la de pies ligeros,
debe ser su calzado de ángel
o tal vez la poca conciencia
que sus pies tienen del suelo,
no registran pavimento alguno,
flota, así ligera
cual espiga del campo,
se mece en el vaivén del viento
liviana, pasiva
se contonea, se hace curva, esbelta
debe tener calzado,
no lo aparenta, aún así se mueve,
no tiene principio ni fin,
"pies ligeros" te bauticé
y aún así navegas,
te pierdes en la bruma
sin perder la más mínima esencia.