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miércoles, 24 de marzo de 2010

Tardes

Disfruto las tardes, me encanta estar en la sala con la luz apagada y los últimos rayos de Sol colándose discretamente, tiene un tinte de melancolía disfrutable. La luz es tan tenue que le da a los objetos inertes de la casa un toque de pasividad, como si estuvieran en paz y armonía con el decorado. El teléfono reposa sobre la mesa y podría invitarle a la segunda un café en cualquier momento, mientras los discos y los libros parecen reconciliarse y perdonarse sus errores pasados. Y así todos los muebles y objetos descansan como compañeros inseparables.

Sólo el monitor de la computadora continúa en su exhilio, es el anarquista del cuarto a media luz.

sábado, 20 de marzo de 2010

De la afectación y la cursilería

Me gustaría levantar el teléfono
saber qué número marcar,
que haya "alguien" a quién llamar,
que fuera esa voz quien contestara al otro lado del cable
una voz desconocida en el tiempo
pero conocida desde siempre
para siempre.

Un café esperándome en una mesita
de algún restaurante perdido
una sonrisa reprimida
esperando el momento adecuado
para darse a la fuga, a por mí
oir el golpeteo de la puerta
y esperar que al ser abierta
haya compañía para el desayuno.

Unos ojos que me contaran,
que les contara,
que me hicieran enojar
y luego contentarme
que me hicieran esperar diez,
veinte o treinta minutos,
antes de volver a saludarlos.


la oxitocina me está dando calambres
más que los del pie izquierdo,
el jalón en los tendones son nada
comparado al delgado hilo frío
que me baja hasta el pecho
y las hace de desfibrilador
y a veces de bypass.

Me molesta
la cursilería me vuelve estúpido
no me deja pensar con claridad.

Aunque
no te voy a engañar
a veces lo disfruto.

En raras ocasiones,
como hoy.

Sólo por hoy.

lunes, 12 de enero de 2009

(Otra) Fábula

—Supongamos que quiero hacer amistad —dijo la tortuga.
—¿Y luego qué señora liebre? ¿Qué viene al final?

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Una noche cualquiera

Una noche cualquiera...

El azar viste de gala para salir a jugar con los recuerdos, los rencores, los fantasmas, y la fantasía; mezclándolos, tragándoselos y lamiéndolos con ternura.

Las estrellas conspiran en contra y a favor de uno para colocarlo en la línea de fuego de unos labios desgastados, olvidados, marchitados, proféticos, desesperados, impacientes, o malgastados.

Se confunden los encuentros y las despedidas, desencuentros y bienvenidas, las consecuencias y las ilusiones perdidas, y los años y la sabiduría.

No queda de otra que encoger los hombros y preguntarse mil cosas sin respuesta, y sofocarse con las respuestas obvias.

Es un buen momento para hacer las maletas, despedirse de un cuarto oscuro y salir de viaje, lejos, lejos del injurio de las frases nocivas, las palabras sádicas, y las vecinas deprimentes.

Sirve para el encuentro con uno mismo, y para darnos cuenta que uno es sólo el reflejo de aquello que no se es.

Ese 'algo' que viene por mí, va a alcanzarme.

domingo, 30 de noviembre de 2008

Cuestión de actitud

—¿Qué será peor? ¿Tener fe en Dios o en la humanidad? —preguntó intempestivamente una joven a su novio durante la sobremesa.

Él guardó silencio y la miró a los ojos durante algunos segundos en lo que digería la improvisada pregunta. Inhaló profundamente mientras analizaba las palabras de sus posibles respuestas.

—¿De qué te preocupas? Eres atea y desconfías de todos ¿No? —respondió con la misma naturalidad con la que bebía su café.
—Bueno, pero soy yo, ¿Tú qué opinas?
—¿A mí qué me preguntas? Soy hereje y me importan un comino los demás.
—Pero una de las dos debe ser peor...
—Supongo que la humanidad, hasta la fecha Dios no me ha molestado con cuestionamientos estúpidos que me importan un carajo.

lunes, 18 de agosto de 2008

La última bala

Sólo una bala en la cartuchera, con el nombre de alguno de los dos grabada en ella. Tal vez era el hedor del sudor nicótico del proscrito lo que le impulsaba a desatar la furia de su tempestad en contra de la quimera. Una ave plateada surca el cielo indiferente ante el recuerdo del alba.

La respiración entrecortada, la culpa que ella emanaba se posó sobre su cabeza. Él lo había previsto, era su momento de triunfo. Había esperado muchas noches para disfrutarlo con todo el rencor que había archivado en su caja de afectos mutilados. No retrocedería. Antes de dar por concluida la ceremonia, pensó en devolverle todas y cada una de las palabras perdidas envueltas en celofán.

Jamás advirtió un pequeño detalle: que las cóleras huyen junto con la ausencia y los motivos se vuelven impuntuales. Aún así guardó algo de plomo para su propio pecho.

Un ángel derrama una lágrima por el alma del ausente. Jamás volverá a sentir.

Descanse en paz.

domingo, 13 de julio de 2008

Apegos apócrifos

Una mujer, arriba de los veintiséis años, basa su vida en obtener la estabilidad económica -lo suficiente para pagarse sus lujosos caprichos- y en encontrar un novio con el que un día pueda casarse. Está convencida que, quien sea su pareja, deberá asegurarle la cuestión monetaria para asegurar, asimismo, la felicidad en la relación. Paradójicamente, su aparente frivolidad se debe a esa imperiosa necesidad -y necedad- de tener a alguien a su lado, por lo que comienza a vivir cuentos de hadas en todas sus relaciones: cien por ciento perfectas y completamente extraordinarias.

Y vivió "feliz" por siempre...

Tampoco despertó del sueño, simplemente se negó a hacerlo.

***

Un hombre, arriba de los treinta, siente que su vida no se parece en nada a lo que él deseaba cuando tenía veinticinco años. Tiene un trabajo en el que su sueldo y sus actividades no le resultan satisfactorios, también lleva una relación de varios años donde ya no se siente a gusto. Paradójicamente, no se atreve a buscar otro trabajo por no perder su actual estabilidad económica -lo suficiente para pagarse sus lujosos caprichos-, tampoco quiere terminar con su pareja por esa imperiosa necesidad -y necedad- de estar con alguien y que, según él, podría tratarse del último tren en su vida.

Y vivió (in)feliz por siempre...

Tampoco quiso romper con el encanto, simplemente se negó a hacerlo.

martes, 8 de julio de 2008

Ausencia

—Me he cambiado el nombre —interrumpe durante nuestra charla telefónica—, ahora me llamo Ausencia.
—¿Ausencia de qué? —me pregunté.

Y ahora que lo pienso, la respuesta había sido revelada durante nuestra plática: se refería a su ausencia, a la de ella en sus relaciones. Le había leído, escuchado y observado en los últimos meses, y resultaba obvio que destilaba la ausencia por sus poros, pero pasó inadvertido hasta que una monje budista encontró su 'chakra' defectuoso.

Ausencia a final de cuentas.

—Si ahora no estás ¿nunca estuviste? —le reclamaba al último de sus hombres.

La pregunta también podría formulársela ella, y mi respuesta sería que, tal vez, ambos nunca estuvieron.

Ausencia a final de cuentas.