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jueves, 1 de abril de 2010

Preguntas frecuentes

Muchas veces me he preguntado qué es lo que escondemos en una cuenta de Twitter, en Facebook, en Hi5 o en MSN. Entender el por qué mostramos 'nicknames' que nada tienen que ver con nuestro nombre real... Debe ser que queremos mostrar lo que queremos que vean de nosotros...

... o es sólo una manera de escondernos inútilmente de aquello que nos persigue.

...Tal vez...

O tal vez no...

viernes, 26 de marzo de 2010

Fragilidad


Y somos más frágiles de lo que aparentamos...








El problema es saber que lo somos y no dejarnos serlo








... Aunque sea por unos instantes

sábado, 26 de septiembre de 2009

Hace no mucho

Hace no mucho éramos felices
no necesitábamos tantas cosas,
no deseábamos y añorábamos serlo,
la sonrisa nos brotaba naturalmente
y lo hacíamos por gusto.
Ahora nos cuesta trabajo serlo
nos cuesta tanto reírnos
cuando tenemos tribulaciones por rostro.

Hace no mucho éramos fuertes
nos caíamos una y otra vez
y nos levantábamos del fango,
sacudíamos nuestras ropas y volvíamos a correr
sin miedo de volver a caer.
Ahora nos hemos vuelto temerosos
vivimos atemorizados por la incertidumbre
del siguiente paso
y caminar se convirtió en una carga pesada.

Hace no mucho nos sorprendía todo
mirábamos emocionados, conocíamos emocionados
escuchábamos y tocábamos,
todo era excitante, todo era nuevo.
Ahora que lo conocemos
damos por hecho que lo conocemos,
no nos divierte, no nos fascina,
ni siquiera causa curiosidad
damos por hecho que ya lo conocemos todo
que no nos damos la oportunidad
de reconocer las cosas,
de reconocernos.

Hace no mucho éramos más sensibles
reíamos y llorábamos,
nos enojábamos y nos sentíamos tristes,
libremente, no teníamos que esconderlo.
Ahora no permitimos que eso ocurra
para no sentirnos vulnerables,
para no mostrar "debilidad".

Hace no mucho éramos muy diferentes a ahora
hacíamos y veíamos las cosas de diferente manera
¿dónde estamos ahora?
¿quiénes somos ahora?

Hace no mucho no éramos perfectos,
tampoco ahora,
pero éramos más libres.

lunes, 6 de julio de 2009

A contratiempo

De un salto me levanto de la cama en cuanto suena el despertador, son las ocho. Lo apago y me dirijo al baño, reconozco mi reflejo entre el vapor que emana del chorro de agua caliente, y sonrío. Después de un rico baño estoy listo para rasurarme la manifestación de hormigas de cada tercer día, repito la rutina agua-navaja/navaja-agua por unos cuantos minutos hasta que llega el turno del alcohol para prevenir la irritación. Vuelvo a mirarme al espejo para dedicarme otra sonrisa, dedicatoria extensible para el que está del otro lado del cristal, y repito las sonrisas en cada oportunidad en que coincidimos mi reflejo y yo durante todas las actividades previas al desayuno. No he encendido el televisor, como suele ser costumbre, hoy no, no quiero comenzar la semana de malas.

Dos huevos estrellados después, y pan con mantequilla, tengo que ir al súper. La terapia de sonrisas idiotas parece haber cumplido su cometido: estoy de muy buen humor. No tardo mucho tiempo en dejar todo arreglado antes de marcharme, me conecto el iPod, tomo las llaves, y allá voy. Mientras me dirijo hacia la parada del camión me percato que John Travolta parece haberse posesionado de mi cuerpo, porque me siento como en la última secuencia de Staying Alive, pero con música de L'Arc~en~Ciel (eso o caminaba extremadamente ridículo), cosa que pierde importancia conforme voy haciendo las compras.

El exceso de bolsas ayuda a decidirme a parar un taxi de regreso a casa, y el taxista insiste en hacerme plática desde antes de abordar la unidad, se trata de un joven que a simple vista parece de 23 años. Como hoy me encuentro más jovial que de costumbre le sigo la plática. Entonces aparece el tema de la Selección Mexicana, la política, las elecciones del día anterior, la situación económica, Honduras... Todas esas cosas que me había decidido a olvidar hoy y que había bloqueado con mi terapia matutina. Gracias por el bocado de realidad amigo mío.

Y llego a casa con la pesadez del cuerpo de nueva cuenta, el dolor punzante en el hombro, el brincoteo del ojo, y el zumbar de los oídos. Vuelven las preocupaciones y las maldiciones en silencio. Afuera está soleado pero adentro es gris, gris azulado. Entre el desánimo y la apatía me doy cuenta que algo cambió, algo me nubló la vista, y seguramente fui yo, no el día, no el taxista.

Tengo que trabajar más, y mejor, en la terapia matutina. Tengo que aprender a no dejar que las tribulaciones me empañen el buen humor. Y me cuento cuentos para traer de regreso al señor Sol. Por hoy los canapés de realidad se me acabaron. Mañana tendré otra oportunidad para volver a hacerlo... mejor.

viernes, 17 de abril de 2009

No preguntes

No me preguntes acerca del amor porque seguramente veré las cosas muy distintas a como tú lo haces. No preguntes por qué mis respuestas serán todo aquello que no quieres escuchar.

No me preguntes acerca de que tan enamorado(a) te ves porque -créeme- muy pocas parejas merecen mi respeto, y a ti no te veo 'brillar' cuando sonríes.

No me preguntes por todo aquello que esperas sea aprobado por los demás porque, puede que por amargado o realista (un pesimista mal disfrazado), yo no me mostraré conforme con lo que no puedes dar, e insistes en creérlo a la inversa.

No me preguntes por gustos musicales, los míos son 'raros'. Únicamente trataré de metértelos a la fuerza.

No me preguntes por temas religiosos o políticos, me causan flojera, y haré uso de mis chistes ácidos para hacerte desistir de cualquier intento por debatir acerca de los mismos.

No preguntes acerca de mi opinión sobre la humanidad porque, al igual que Dr. House, te diré "la gente no cambia, tómame como ejemplo, no dejaré de decirte que 'la gente no cambia'".

No preguntes qué tan malo, ojete o mamón, de mente cerrada, o qué tan sarcástico puedo llegar a ser. Lo más seguro es que te conteste de forma exagerada, o que mis superlativos sean inversamente proporcionales a los adjetivos que emplee.

No preguntes por qué -a veces- suelo odiar a la sociedad, por qué me gusta sentirme como un fantasma, y que nadie me note, por qué me manejo -también- un perfil bajo. Simplemente me canso de ser humano (como dice Neruda).

No me preguntes, porque no te voy a responder esas cosas. Se me hacen tan obvias.

No preguntes, que yo solo me sé de explicaciones. Así soy, así me hice, y ha sido todo un arte, en mi caso, hacerlo.

No preguntes, porque yo sé de contestarme.

lunes, 30 de marzo de 2009

Raro

'Raro' es el adjetivo más recurrente que la gente emplea para describirme, y no porque tenga alguna cualidad física sorprendente. Al principio me confudía el que me catalogaran así, porque no sabía a qué demonios se referían, posiblemente tenía alguna enfermedad cerebral degenerativa que ocasionaba que mi materia gris me jugara malas pasadas para que no me percatara de las estupideces que hacía y decía. A final de cuentas, no entendía que pudiera haber de extraño en mí. Y me di cuenta que la estupidez radicaba en hacerme ese tipo de cuestionamientos impertinentes. Total, algo me decía que serían muchas las veces que seguiríamos escuchando el mismo calificativo para referirse a mi persona.

Con el tiempo, dejé de darle importancia hasta que empecé a encontrarle el gusto. Ahora recibo como un halago que me llamen así -'raro'- me hace sentir alguien importante (sí, alimenta mi ego). Y debo confesar que lo he llegado a disfrutar tanto, que me esmero en ganarme el adjetivo desde hace varios años.

Recuerdo que cuando era un puberto, mi hermana siempre me decía que me gustaba llamar la atención, por lo que mis supuestas 'rarezas' no eran más que un ardid publicitario. Eso lo explicaba todo: el instalarme en el personaje que me achacaban mis amigos y compañeros de clases, el inventarme una terminología bastante pintoresca, el mantener diálogos conmigo en voz alta a cualquier hora y en cualquier lugar (mi padre pensó que estaba loco la primera vez que me encontró haciéndolo), o el uso arbitrario del plural para sustituir las conjugaciones en primera persona.

Al paso de los años, los 'raros' se hacían más frecuentes, por lo que decidí ayudar a la causa: comprar lentes de colores llamativos, tener una colección de gorros 'ridículos', zapatos azules y rojos, y todo un cajón lleno de calcetines folclóricos de los que rara vez uso el par coordinado (no me visto de noche ni con los ojos cerrados, así me gusta usarlos). Tenía más que estudiado el personaje.

Hasta que un día, me doy cuenta que hay manías y comportamientos compulsivos, que hay deshoras de sueño, gustos musicales que van de lo sublime a lo ridículo (y de varias partes del mundo), que tengo principios -de nosedonde- que me niego a traicionar, connotaciones diferentes de cosas tan triviales, que hay muchas historias interesantes que contar, y muchos defectos y virtudes que estaban ahí, acompañándome desde siempre. El personaje era la verdadera persona, y quien yo creía que era la persona, resultó ser un personaje. Fue entonces que 'raro' se volvió el adjetivo más recurrente para describirme, y no porque tenga alguna cualidad física sorprendente.

Y a la vez no soy tan raro, sino que me voy conociendo y me voy sorprendiendo del que soy día con día... y lo estoy disfrutando. Sí. Más bien, soy complejo, demasiado complejo hasta para mí mismo.

Tan complejo como cualquier ser humano.

viernes, 23 de enero de 2009

Desde la otra acera

Todo se ve más fácil desde la acera de enfrente, desde echarse un coyotito hasta las relaciones interpersonales. Es más fácil ver la vida pasar desde una banca extraña que percatarse de la persona sentada en la nuestra. Resulta cómodo escuchar las historias, leer los libros, y ver las películas, que sumergirnos en la vida real, donde uno puede ser el protagonista de su vida y la inspiración de mil suspiros. Es más simple pretender ser el curandero de los chakras defectuosos ajenos.

Todo se ve más fácil, suena tan fácil, y se logra tan fácil, desde la acera de enfrente.

Y debe serlo... Los complicados somos nosotros.

viernes, 22 de agosto de 2008

Reflejo

Ella me platica de sus hombres y los conflictos internos que arrastran. La observo, se nota cansada, fastidiada, por esta situación. La dejo desahogarse —que tire dos o tres madres y centellas— para que expulse, también, el enojo contenido después de un mal día en la universidad. Bebe su naranjada como si tratara de recuperar las fuerzas perdidas por el desgaste psíquico y respira profundamente.

Después de estar pensativa por unos instantes (en los que aprovecho para tragar tostadas con salsa), me dice que no puede evitar sentirse como una 'escuincla' por el patrón de comportamiento casi enfermizo.

Estoy cansada de esos hombres —comenta con una mezcla de tristeza y fastidio—, y sé que me veo reflejada en ellos. Me gustaría saber qué está mal conmigo.

Yo me quedo en silencio, reflexivo. Ojalá supiera qué decirle. Minutos después, pregunta por mis mujeres: la última, la más reciente.

La actualizo con los últimos acontecimientos, cuento los detalles escuetamente y con la misma emoción e interés que me causaría levantarme a primera hora un domingo cualquiera. Mientras sigo platicando, mi mente se escapa por un resquicio para encontrar un punto en común entre los dos: ella está harta de sus hombres y yo hago lo mismo con mis mujeres. Las similitudes parecen ir en aumento con cada comentario agregado a la charla.

Hoy le estuve dando vueltas en mi cabeza a la situación, y llegué a la conclusión que me da 'güeva' una mujer así —le digo fastidiado. Y que 'güeva' me doy por seguirle dando vueltas.

Los ejemplos vienen y van en torno al mismo tema mientras nos invade la incertidumbre que nos hace cuestionar la mucha o poca responsabilidad de nuestros actos en el asunto, y que nos obliga a mirarnos una y otra vez en ese espejo que algo trata de decirnos.

¿Quién tiene razón? ¿Quién está errado? ¿Quién no habrá dudado de su corazón? —se escucha en aquella canción que discretamente se cuela por el local y que parece quedar perfecta como dedicatoria en la postal de nuestras cavilaciones.

No hubo tiempo para los apuntes finales. La prisa por llegar a su próxima clase daba por concluida nuestra salida, ésa que nos debíamos después de no habernos visto por algunos meses. Después de despedirla en el metro, regresé a casa meditabundo y, estúpidamente, con ganas de que sonara mi teléfono y del otro lado del auricular contestara esa voz conocida de la última de mis mujeres, la más reciente.

Sé que me veo reflejado en ellas. Me gustaría saber qué está mal conmigo.

sábado, 16 de agosto de 2008

Soundtrack

La liturgia de las despedidas
la bala perdida que viene por mí,
la nostalgia que amarga la huida,
la banda sonora de lo que viví.
"La Canción de los (Buenos) Borrachos"
Sabina, Páez.


Ese maldito 'soundtrack' que nos persigue pero que nos empeñamos en armar. Porque seamos honestos -sea en CD, cassette, el casi extinto L.P., o un iPod verde de una sola 'rola'-, siempre hay una canción que nos recuerda (o hemos dedicado) a alguien o algún suceso.

No sé que tanto lo habremos tomado de las películas, o si haya sido al revés, lo cierto es que hay situaciones, en ocasiones con un 'él' o una 'ella' de por medio, que nos gusta guardar en nuestra memoria en forma de un bonito tema musical del género y artista de nuestra preferencia (aquellos que usan el reggeatón deben estar bajo el influjo de sustancias tóxicas o lo que sienten no es tan genuino). Tampoco sé que tan consciente o inconscientemente, pero nos gusta imaginarnos como el galán o la 'galana' de la película en aquella escena final de nuestro filme favorito donde, dependiendo del desenlace de los acontecimientos, la pantalla se va a negros mientras en nuestras cabecitas escuchamos esa canción (el tema, the main title) que da por concluida aquella etapa de nuestra vida -seguido de los créditos finales.

Necesitamos ese desfogue, explayar ese sentimiento que es como un perrito que tenemos que sacar a pasear -de vez en cuando- para que se no se estrese (al igual que nuestras emociones); y que mejor que hacerlo mediante esa terapia de choque que implica una canción que rememore el momento. Y no hablo de masoquismo (aunque también se disfruta de la autoflagelación, cuando uno anda en la 'depre', con música), es más de confrontar las cosas y terminar con los lastres que nos evitan continuar en este camino. También sirve para aquellas cosas buenas que ocurren en nuestras vidas, que atesoramos y que nos hacen recordar la bonanza de esos buenos tiempos. Son eso, una serie de canciones que hemos recopilado a lo largo de nuestras vidas, que nos significan algo. Puede ser el primer amor, el último, aquello que no fue, nuestro primer diente perdido, el momento de despedirnos de nuestra familia en busca de nuestro propio camino y otras cosas más. Y que hermoso es recordar todos esos -valiosos- momentos (incluso de esta forma).


Mi 'soundtrack' es de lo más variado, va desde María Dolores Pradera hasta Yoo Seung Jun.

lunes, 16 de junio de 2008

Él

15 de junio de 2008

Me acostaba sobre su abdomen hasta quedarme dormido -eso cuentan-, me llevó por primera vez a la lucha libre a los siete años y seguiríamos asistiendo por muchos años más, hasta la fecha. Lo acompañaba al trabajo los sábados, y para entretener al hiperactivo que siempre he sido, me puso a trabajar como capturista de datos para cuadrarle las cuentas que la taruga de la secretaria había descuadrado durante toda la semana -en ese entonces yo no era tan idiota en matemáticas.

Nos llevaba a los tacos de tripa -muy sabrosos- o a La Vaca Negra los fines de semana, y los domingos me disparaba mi malteada de fresa en el mercado. En esas fechas, mis horas de sueño eran inversamente proporcionales a la edad, con lo que el despertar diario era toda una odisea, hasta que su voz desafiaba toda ley de la física haciéndose escuchar desde el patio hasta mi cuarto con la misma nitidez e intensidad del dts o THX.

Me enseñó que Charles Bronson sabía actuar, siempre y cuando lo condenaran a muerte y lo mandaran a una misión suicida junto con Lee Marvin en Doce al Patíbulo. Gracias a él conocí a Bruce Lee y Jackie Chan. Y hasta el día de hoy, no me perdona que lo sacara de la sala del cine para ir al baño durante el ataque a la Estrella de la Muerte en Star Wars -su recuerdo "feliz" de ese suceso es una bonita ceremonia de premiación.

Ahora tenemos kilómetros de distancia (literalmente), nos vemos tres o cuatro veces al año. Cada navidad me hace poner las lucecitas en su casa, a mí me purga que encarnemos a Chevy Chase en Christmas Vacation, pero es su gusto, y sólo por eso me presto para hacer el ridículo trepado por toda la casa. Somos cómplices de vicio, procuramos el uno del otro para protegernos de que mi madre nos cache fumando (cosa que le molesta en demasía), y suele acabarse mis cigarros regularmente, aunque me deja una cajetilla nueva cuando nos despedimos. Hemos aprendido a sobrellevar y tolerar el carácter que nos cargamos, y que en muchas ocasiones nos ha hecho discutir y enemistarnos hasta el grado de dejarnos de hablar en dos ocasiones. Y hoy hablé con él vía telefónica, el día fue sólo un pretexto, no quise dejar la oportunidad de decirle todo lo que siento por él, y que pocas veces nos decimos.

También tenemos toda una historia oscura entre nosotros, pero el cuento de hadas nos funciona mejor así, porque ambos sabemos que, a pesar de todo, seguiré siendo su hijo y él seguirá siendo mi padre.

Apá, te quiero un chingo viejo.

viernes, 13 de junio de 2008

Zapatos

Unos zapatitos, un par de tenis para ser exactos, parecen mirarme con ternura desde el rincón donde los tengo apartados, castigados. No recuerdo si me los encontré, si alguien me los regaló o si los compré, están nuevecitos, no han sido mancillados con el perjurio o el oprobio del pie humano. Los miro con desdén, los desprecio, si fueran capaces de proferir algún lamento o queja les humillaría de formas inconmensurables. Sin embargo, siguen allí, podría tirarlos a la basura y continuarían persiguiéndome en mi mente, en alucinaciones, oiría sus pasos sobre mi cabeza en las noches, me desharía de ellos físicamente más no así de su recuerdo.

Salgo del cuarto, hago mis actividades cotidianas, me dirijo a la tienda para comprar cigarros, leche y jamón, y tomo la ruta más larga esperando que cuando regrese los zapatitos desaparezcan, como por arte de magia; tomo la ruta más larga por si siguen allí, no quiero verlos por un rato. De regreso en casa, sigo con mis quehaceres, trato de no pasar por donde sé que están los zapatitos, no quiero que se posen en mi vista ni por accidente ni por obra de la estúpida casualidad. Cierro la puerta de mi cuarto para no acordarme en dónde viven, les tiro un trapo -sucio- encima para protegerme de algún momento de descuido o de alguna imperiosa necesidad que me obligue a refugiarme en el cuarto. Pero estos inquietantes inquilinos no se inmutan, no se ofenden, por el contrario, me llaman, me susurran al oído, me seducen para poseerlos, tomarlos, hacerlos míos.

Pasan las horas, los días y las semanas, y los tenis continúan refugiados en mi cuarto, el paso del tiempo no parece hacer mella en sus costuras. Siguen viéndome, acosándome gentilmente, sabedores que tarde o temprano terminaré usándolos. Yo ya no sé si aún los desprecio, no sé qué tanto los anhelo, no sé si tengo miedo a que, una vez que abriguen mis pies, les haya dictado una sentencia irrevocable, miedo a que después de algún tiempo de uso tendré que tirarles a la basura. No sé. Siguen observándome hasta volverme paranoico, me siento todo el tiempo vigilado. Siento que me los toparé en el café, en las calles, espiándome en alguna esquina, tocando a mi puerta, la broma macabra es insoportable.

Un día, termino regresando a mi cuarto, les miro y ya no les desprecio. Tomo uno de ellos -el izquierdo- y lo inspecciono cuidadosamente para cerciorarme que no esté roto. Después de revisar ambos, respiro profundamente, inhalo y exhalo en tres o cuatro ocasiones, los coloco en mis pies, ato los cordones como señal de respeto hacia ellos, y ahí están: unos bonitos Converse rojos adornando mis pies, eran horribles y terminé usándolos, sintiendo afecto por ellos. Me imagino que así debe sentirse nuestra vida. Todos tenemos un par de zapatos arrinconados, castigados, despreciados; y algún día habremos de usarlos.

lunes, 9 de junio de 2008

Charcos

Estos han sido días lluviosos, los días que mejor me van. Soy feliz sólo cuando llueve, los seis o siete meses restantes son difíciles de tolerar. Y mientras la lluvia poco a poco iba dibujando los charcos de la calle, recordé cómo gozaba jugando en ellos.

Para mí, los charcos no eran únicamente la alberca soñada o el pretexto para salpicar. La casa donde me crié tenía terreno irregular, las rocas, las plantas y el patio de mi madre, y el de mi tía (q.e.p.d.), creaban, junto con los charcos, la locación perfecta para vivir mil aventuras, donde mis muñequitos de plástico eran los personajes principales. Buscaba los lugares que mejor se acomodaran a las necesidades de mis historias, las cuales se desarrollaban conforme transcurrían los hechos. Había ahogados, riñas (como en las películas de vaqueros que veía y que, casi siempre, tenían enfrentamientos en algún río o arroyuelo), aventuras acuáticas, y otras tantas cosas más.

También me encantaban las bolitas de tierra colorada que se formaban cuando terminaba de llover. Una vez secas, parecían piedras, la diferencia era que si las arrojabas se deshacían al estrellarse con el suelo o la pared. Y comencé a utilizarlas con mis muñequitos, me servían como granadas cuando intercambiaban fuego los buenos y los malos -esos sí eran efectos especiales. Me fascinaba ver cómo salían volando, igual y como ocurría en las explosiones de las películas de guerra que veía mi padre.

En esos días, mi vecinito jugaba con sus Transformers, o con los muñequitos de Star Wars (de Lily Ledi), pero siempre evitando los charcos para que no se le estropearan. No sabe lo que se pierde-, pensaba. Para mí era una fortuna poder chapotear hasta que me cachaban mis padres o mi tía, y siempre me regañaban por jugar imprudentemente. "Te vas a enfermar" era el argumento persistente.

Y mientras la lluvia poco a poco iba dibujando los charcos de la calle, y recordaba cómo gozaba jugando en ellos, quise rememorar esos días pensando en cómo les podría sacar provecho ahora, saber hasta dónde me llevaría mi imaginación, y... nada.

No quiero volver a jugar con mis muñequitos, sólo desearía poder recuperar esa imaginación perdida -supongo que debe ser culpa de los años.

viernes, 2 de mayo de 2008

Exigencias de la vida

En alguna ocasión, Fernando Vesga, a quien conocí durante su efímera faceta de director durante mi efímero paso por el teatro profesional, me dio una reprimenda tan memorable durante un ensayo, que terminé llorando de rabia al no saber qué era lo que él quería en la escena (minutos después de que Fernando me mandara a freír espárragos a causa de su enojo). Recuerdo que faltaban uno o dos días para el estreno de la obra, con lo que me envalentoné, a causa de mi ofuscación, para también mandarlo mucho más lejos a él y su puesta en escena.

Reynaldín Rossano (mejor conocido ahora como el "papirriqui") y otra chica (Yessi González), fueron a ver cómo me encontraba. Obvio que estaba más que calientito -y podías freír unos huevos con tocino en mi cabeza-, y les conté que quería dejar la obra, con lo que no tardaron en persuadirme para hacer lo contrario. Yo como estaba montado en mi burro les hacía caso omiso, hasta que llegó Fer.

Muy "amablemente", los mandó de regreso al ensayo y me quedé unos minutos a solas hasta que hubo tiempo para un 'break'. Fernando me llamó para platicar, y fui con mi cara de dignidad número 72. Todo indicaba que sería nuestro segundo round. Ya entrados en el recuento de los daños, y víctima de mi enojo persistente, solté otra vez las de San Pedro. Fue ahí cuando él me diría estas palabras que jamás olvidaré y que han sido de los mejores cumplidos que he recibido en toda mi vida:

"Hay gente aquí (en la obra) a la que no le pido nada, porque es todo lo que me pueden dar, llegaron a su límite. Si ves que a ti te exijo más, y me meto mucho contigo, no lo tomes personal, es porque tienes mucho potencial y puedes dar más de lo que me estás entregando ahorita."

Así, terminamos la plática con un abrazo y una ronda de cebollazos mutuos marca ACME.

Esas palabras son las que me han servido, hasta la fecha, para aplicarlas en varios aspectos de mi vida. Y es que hay momentos en los que juro que estoy a punto de tirar la toalla, y no crean que hablo de meterme un tiro en la cabeza o algo parecido. Pasa, que como todo ser humano, es muy común que uno pierda la fe en sus capacidades de vez en cuando. Volteamos a nuestro alrededor y vemos que hay gente que pareciera tener su vida arreglada de antemano, o que se le facilitaran las cosas más que a otros (trabajo, relaciones de pareja, estudios, la familia, etc.), y no podemos evitar el preguntarnos "por qué". ¿Por qué fulanito tiene trabajo y yo no? ¿Por qué sutanito consigue novia a cada rato si es un mujeriego? Y así nos vamos molestando por estas vicisitudes.

Nos molesta ver a esa gente que con el mínimo esfuerzo lo logran todo, mientras hay otros que por más que se empeñan en hacer las cosas, y echándole todas las ganas en sus proyectos, simplemente no se les da. El pensar que la vida es injusta, o tener algún improperio que escupir al viento, se convierte en una actividad normal y recurrente. Cuando lo que nunca nos pasa por la cabeza es que alguien -tal vez- les facilita las cosas porque es lo máximo que pueden dar, su límite. Y si la vida, el destino, Dios, o quienquiera que sea, nos exige más, y de paso se mete mucho con nosotros, no se trata del karma o de una broma de mal gusto, es porque sabe nuestro potencial y que lo que podemos dar es infinitamente mayor a lo que estamos dando en este momento...

Estoy seguro de ello.

martes, 29 de abril de 2008

Hay mujeres que hacen mella

Esta tarde estuve platicando con un amigo, cuando el inconsciente decidió jugarme una mala pasada al traer a la conversación a una mujer, de cuyo nombre no quiero acordarme. Él me dijo, no sé que tanto por morbo o que tan en serio, "sigue haciendo mella, ¿verdad?". Automáticamente le contesté que sólo para hacer corajes, y cerramos el tema. Curiosamente, creo que le di la razón con mi respuesta. Sí, hay mujeres que siguen haciendo mella a pesar de los años, rencores o cariños guardados. Y en ese aspecto, mi amigo tendrá sus historias que contar pero, fiel a la regla que me he impuesto, que cada quien se queme solito cuando quiera, como quiera y con quien así lo desee.

Por mi parte, son pocas las mujeres que han dejado sus huellas marcadas en mis páginas. Las que más me gustan, son las que aparecen de la nada y se cuelan en mis conversaciones al hacer un comentario amable, aquellas que me han enseñado a ver la vida a través de sus ojos, y las que me extendieron su mano para caminar junto a ellas por el tiempo que fuese necesario. Para todas ellas mi respeto, mi gran cariño y esa aurícula en donde he decidido dejarles hospedarse -se les sigue recordando con profunda alegría.

Otras pocas, son las que se convierten en el laxante involuntario para mis noches de desvelo, son las de no retorno. Se convirtieron en la carga pesada que cuesta trabajo llevar para seguir adelante, cuando con éxito lograron que les comprara los adjetivos y demás cosas inservibles -y que ingenuamente las creí mías. Aquellas que despertaron mis más bélicos sentimientos hacia ellas, creyendo que para recordar no importa el "cómo" se les rememore.

Fueron dos o tres, y ya les he dejado en paz con mis rencores. La del pasado inmediato, la que se esmeró un poco más que las anteriores en transformarse en aquel laxante, es la que, desgraciadamente, sigue haciendo mella, aunque sólo para hacer corajes... y hasta que yo lo siga permitiendo.

miércoles, 23 de abril de 2008

Hace mucho

Hay tantas cosas que nos olvidamos de hacer con el paso de los años. Habrá algunas por falta de tiempo, otras que sin saber por qué dejamos de hacerlas, y otras tantas que simplemente ya no nos queda el hábito; lo cierto es que algunos (como yo) añoramos retomar. Y tengo unas cuantas...

Hace mucho que no salgo a caminar por la ciudad. Rodar por las calles y andar de pata de perro hasta donde mis pasos me lleven, para después sorprenderme por los lugares que visito y lo tanto que he caminado.
Hace mucho que no me levanto temprano para ver el primer rayo del Sol -y las pocas veces que he visto al astro rey tomar por asalto mi ventana, ha sido cuando el alba me atrapa indiscretamente en alguna de mis noches de insomnio recurrente.
Hace mucho que ya no voy a los parques, los museos, zoológicos, cines y teatros que antes frecuentaba sólo por gusto.
Hace mucho que no me paseo por todas las líneas del metro, única y exclusivamente, para ver cuántas correspondencias puedo tomar sin repetir estación alguna.
Hace mucho que he dejado de fijarme en aquellos pequeños detalles de la vida que le regresan a uno la sonrisa y que evitan perder nuestra capacidad de sorprendernos (el canto de los pájaros, el ruido de las hojas al mecerse con el viento o cuando caen al suelo, el olor a tierra mojada, el amor que una madre profesa hacia su pequeño hijo, unos ojos bonitos, etc.).

Espero retomarlos pronto...

Y lo que no quiero dejar de hacer, es seguir creyendo en mí -aunque a veces me cuesta algo de trabajo.

domingo, 16 de marzo de 2008

Jugarse el todo

¿Qué estarías dispuesto a arriesgar cuando sabes que no hay cabida para el fracaso?

Y es que la simple palabra -fracaso- da bastante miedo, es una posibilidad en el juego del todo o nada, una posibilidad que no nos gusta contemplar, pero existe. El terror que nos origina es normal, no justificable pero normal, por lo que las cosas que nos atreveríamos a hacer por evitarlo serían incontables.

Resulta igual de difícil considerar todos los factores que están involucrados, el cómo pueden alterarse, medir las consecuencias, y saber que, sea cual sea el resultado, por cada ganancia habrá una pérdida. Aún si hubiera forma alguna de descifrar el futuro ¿realmente nos importaría? Yo creo que no, porque a pesar de saber que tenemos todos los pronósticos en contra igual iríamos en busca de lo que queremos y arriesgaríamos todo lo que tenemos con tal de conseguirlo. Y no hablo de esas cosas vanales y materiales, hablo de las pocas cosas que, aún, valen la pena en este mundo.

Jugarse el todo por la superación personal, no de la que habla Miguel Ángel Cornejo o Carlos Cuauhtémoc Sánchez, la que nos da satisfacciones personales y nos hace sentirnos realizados como seres humanos; jugárnosla por nuestros ideales, nuestros sueños; por procurarnos un poco, tanto nosotros como a nuestros seres queridos; y, en el mejor de los casos, jugarnos hasta la vida por una "ella" o un "él" (según sea el caso).

Arriesgarlo todo, tan fácil de decir, no así el hacerlo. El liberarnos, romper con los paradigmas, ¿qué tanto es bueno ser analítico? ¿qué tan beneficioso es seguir el llamado de nuestros impulsos y lo que dicta nuestra pasión? El miedo a perderlo todo nos hace detenernos, el no saber cómo recoger los pedazos de uno mismo nos evita seguir caminando.

Lo importante no es cuántas veces nos hemos caído, no importan las veces que logramos reincorporarnos. Al final lo que importa es que, una vez más, podemos volver a apostar el resto (y lo que nos falta) y volver a sentirnos vivos.